Esa tarde, cuando ya se iban, Renata corrió a despedirse de Leonardo. Le dio un dibujo que había hecho con crayones. Era un hombre con corbata y una niña tomada de la mano de él. Leonardo lo miró, se quedó en silencio unos segundos y luego lo guardó en el cajón de su escritorio sin decir nada más.
Solo le acarició la cabeza a la niña y le dijo que se portara bien. De camino a casa, en el camión, Renata le preguntó a su mamá si podían volver mañana. Claudia no supo qué contestar. Miró por la ventana con los ojos llorosos y el corazón apretado. Algo estaba cambiando. Lo sentía, pero no sabía si debía confiar en eso. Había aprendido a no esperar demasiado de nadie.
A veces, cuando algo bueno pasaba, era solo la antesala de algo peor. Esa noche, después de cenar un poco de arroz con huevo, Claudia metió a Renata a la cama. La niña se durmió rápido, abrazada al mismo peluche de siempre. Claudia se quedó sentada en la cama mirando el techo. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Leonardo, su risa, la forma en que miraba a su hija, no entendía qué estaba pasando, pero una parte de ella sentía miedo, porque cuando la vida empezaba a mejorar, siempre llegaba algo a arruinarlo, pero al mismo tiempo no podía negar que había visto algo en los ojos de ese hombre, algo roto, pero con ganas de salir. Y lo más extraño es que su hija, sin darse
cuenta, había sido la que le abrió la puerta. Desde esa mañana algo cambió en la casa. No fue algo que se dijera ni un acuerdo formal, pero a partir de entonces, Renata empezó a ir con Claudia todos los días. La primera semana fue como caminar sobre hielo delgado. Claudia esperaba que en cualquier momento le dijeran que ya no podía llevarla, que estaba rompiendo las reglas, que buscara una niñera, algo.
Pero eso no pasó, al contrario, cada día Leonardo la saludaba a ella y a la niña con una ligera sonrisa. A veces preguntaba qué había desayunado Renata. Otras veces solo se asomaba al jardín para verla jugar, pero siempre había un gesto. Uno pequeño, sí, pero sincero. Claudia por dentro no sabía si sentirse tranquila o más nerviosa. Nunca había visto ese lado de él.
De hecho, nadie, Marta, la cocinera y José el guardia también estaban sorprendidos. Marta incluso le dijo un día en voz bajita mientras pelaban papas juntas, que esa niña había hecho lo que ningún adulto había podido, sacar una pizca de alegría del patrón. Los días se hicieron menos pesados. Claudia limpiaba con más calma, sin ese miedo constante de que la fueran a correr. Sentía que podía respirar, aunque no del todo.
Renata, mientras tanto, se adueñó de un rincón del jardín como si fuera suyo. Tenía ahí un banquito, una cajita con colores y hojas y un par de juguetes que llevaba desde casa. Se quedaba tranquila la mayor parte del tiempo, hablando sola, cantando bajito o jugando a que las piedritas eran niños y las hojas sus mochilas. Una tarde, mientras Claudia trapeaba el pasillo que daba a la sala principal, Leonardo se acercó.
No fue para dar una orden ni para preguntar algo del trabajo, fue para hablar. Le preguntó cómo estaba Renata, si se enfermaba seguido, si comía bien. Claudia respondió con desconfianza, sin entender por qué tanto interés. Leonardo se cruzó de brazos y dijo que había niños que no comían bien por falta de dinero o tiempo, que a veces la vida no daba para más. Claudia lo miró sorprendida.
No era común oírlo hablar así, como alguien que entendía lo difícil de vivir al día. Luego, sin más, se fue. Cada vez que se cruzaban, él tenía algo que decir, a veces un comentario del clima, otras veces sobre Renata. Un día incluso le preguntó si sabía cocinar albóndigas con Chipotle porque le recordaban a su mamá.
Claudia le dijo que sí, que era lo primero que había aprendido a cocinar cuando se casó. Él asintió, dijo que algún día le gustaría probarlas. y se fue. Eso la dejó pensando todo el día. Renata seguía ganándose a todos sin proponérselo. José, el guardia, le regaló una paleta de fresa a una tarde. Marta le empezó a guardar pan dulce del desayuno.
Incluso la señora Dolores, la señora mayor que venía a hacer arreglos de flores cada semana, le enseñó a cortar tallos y ponerlos en agua. La niña no causaba problemas, al contrario, hacía más fácil todo. Una mañana, Leonardo estaba en el jardín hablando por teléfono. Renata se le acercó con su cuadernito en la mano.
Claudia, que estaba limpiando ventanas, la vio y quiso correr a detenerla, pero se quedó quieta. Leonardo colgó la llamada y se agachó para ver el dibujo que Renata le enseñaba. Era un árbol con manzanas. Ella le explicó que era el árbol del jefe porque él mandaba en la casa. Él se rió. y le dijo que no mandaba tanto, que más bien todos hacían lo que querían. Renata le dijo que eso era bueno, porque si mandaba mucho se le iba la risa.
Claudia los miraba de lejos y no entendía cómo su hija tenía esa facilidad para decir cosas tan simples, pero tan ciertas. Leonardo no volvió a encerrarse tanto como antes. Seguía trabajando, claro, pero se tomaba pausas. Caminaba por el jardín, a veces hasta se sentaba en la banca donde Renata jugaba.
Una vez le contó que cuando él era niño también hacía montoncitos de piedras, pero su mamá se enojaba porque le ensuciaba los pantalones. Renata solo se rió y le dijo que ella no tenía papá, pero que su mamá nunca se enojaba. Leonardo se quedó serio, no dijo nada más, solo le revolvió el cabello. Ese día, en la noche, Claudia no pudo dormir. Se acordó de lo que dijo su hija, de cómo lo dijo.
Era cierto. Renata no tenía papá y ella trataba de no mostrarle esa ausencia, pero ahí estaba. Y sin buscarlo, sin saberlo, estaba encontrando una figura en Leonardo. Eso la asustaba porque sabía que no podían tener una vida ahí. Él era su patrón.
vivía en una casa que no era suya, con un hombre que venía de un mundo totalmente distinto. Una tarde, mientras Claudia lavaba los baños del segundo piso, Leonardo subió, se detuvo en la puerta y la saludó. Luego le preguntó si Renata ya iba al kinder. Claudia le dijo que no, que no tenía con qué pagar la inscripción. Él no dijo nada en ese momento, solo asintió y se fue.
Dos días después llegó Marta con una carpeta y se la dio a Claudia. Era un formulario de una escuela preescolar privada. Leonardo había hablado con la directora. Renata tenía lugar reservado, todo pagado. Claudia se quedó helada. Quiso ir a agradecerle, pero no lo encontró. Ese día no bajó. Lo vio solo de lejos hablando por teléfono en el balcón. No supo si debía alegrarse o no.
Era una ayuda, sí, pero también la hacía sentir comprometida. El ambiente en la casa ya no era el mismo. Marta puso una silla pequeña en la cocina para que Renata se sentara. José le hizo un columpio improvisado en una rama baja del árbol del fondo. Dolores le trajo un cuaderno nuevo con estampitas y Leonardo.
Leonardo no se reía siempre, pero ya no era ese hombre frío que pasaba sin mirar. A veces salía solo para ver qué hacía Renata. Un día le llevó un helado y le dijo que si no se lo comía rápido, se le iba a derretir como los problemas. La niña no entendió, pero rió igual. Y Claudia, aunque no decía nada, notaba todo, cada mirada, cada pequeño gesto. Se estaba formando algo, no sabía qué era, pero ahí estaba.
No era normal, no era común. Y eso la asustaba, porque cuando algo cambia demasiado rápido, a veces es señal de que algo viene a descomponerlo. Pero por ahora solo podía seguir, seguir limpiando, seguir cuidando, seguir observando como la presencia de su hija estaba sacando a todos de una rutina gris.
Empezando por el hombre que sin darse cuenta había vuelto a sonreír gracias a una niña de 4 años que solo quería jugar. Esa mañana el cielo amaneció nublado con un aire pesado, como de tormenta. Claudia salió de casa con Renata de la mano, caminando en silencio. No era un día normal. Desde la madrugada había soñado con su esposo con ese accidente que aún le dolía como si hubiera pasado ayer.
Se despertó con el pecho apretado, pero sin tiempo de ponerse a llorar. La vida no se detenía. En el camión, Renata no hablaba tanto como otros días. Iba mirando por la ventana medio dormida. Claudia se acomodó el suéter en los hombros tratando de pensar en otra cosa, pero no podía.
El recuerdo de la llamada que recibió aquella madrugada volvía como si fuera una película Su esposo iba manejando rumbo al trabajo. Llovía, se derrapó. Nunca llegó, nunca volvió. Desde entonces todo cambió. Al llegar a la casa de Leonardo, el ambiente también se sentía distinto. Estaba más silenciosa de lo normal. José lo saludó, pero sin esa sonrisa de siempre. Marta tampoco dijo mucho.
Claudia dejó a Renata en su rincón del jardín con los colores y se puso a trabajar, aunque con la mente en otro lado. Mientras tallaba la cocina, se acordó de como su esposo le decía que algún día tendrían una casa así con árboles y ventanas grandes decía. Claudia solo respondía con una sonrisa porque no se imaginaba algo tan lejano.
Y ahora estaba en una casa así, pero trabajando, no viviendo. Y sola. Siempre sola. Cerca del mediodía, mientras lavaba los baños del primer piso, Leonardo bajó, la vio y se detuvo. No fue como las veces anteriores. No llevaba prisa ni papeles en la mano, solo estaba ahí. Claudia lo saludó con la voz baja. Él la miró fijamente y le preguntó si tenía un minuto. Ella pensó que era por algo del trabajo, pero asintió y lo siguió hasta el estudio.
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