Teresa sonrió entre lágrimas.
No te preocupes por mí. Cuídate.
Y entonces comenzó la espera.
Veinte años.
Veinte años de llamadas telefónicas que a veces terminaban a mitad de frase. Notas de voz que reproducía una y otra vez. Videollamadas que aprendió a manejar con la ayuda de una vecina.
Veinte cumpleaños pasados en soledad.
Cada vez que oía un avión sobrevolar la zona, salía y miraba hacia arriba.
—Tal vez sea uno de mis hijos —susurró.
Su cabello se volvió completamente blanco. Disminuyó el paso. Pero la esperanza nunca la abandonó. REGRESAR
Una mañana cualquiera, mientras barría la entrada de su pequeña casa —modesta, pero que ahora volvía a ser suya tras años de ahorro— alguien llamó a la puerta.
Ella supuso que era un vecino.
Cuando abrió la puerta, se quedó paralizada.
Ante ella se encontraban dos hombres altos con uniformes impecables, cuyas insignias relucían al sol.
—Mamá… —dijo uno de ellos con voz temblorosa.
Marco.
Y a su lado está Paolo.
Ambos con uniformes de Aeroméxico.
Ambos llevaban flores.
Teresa se cubrió la boca con manos temblorosas.
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