Pero mientras él me tomaba de la mano y me guiaba hacia la habitación, yo solo podía pensar en una cosa:
¿Debo confiar en él, o debo huir antes del amanecer?..”
Cuando entramos en la habitación, Daniel dejó caer su chaqueta sobre una silla y empezó a desabotonarse la camisa. Yo lo observaba en silencio, intentando descifrar cualquier gesto extraño, cualquier sombra oculta que pudiera justificar aquella advertencia.
Pero él parecía… normal. Tranquilo. Incluso feliz.
—Amor, ¿quieres que te ayude con el vestido? —preguntó con una sonrisa cansada.
Asentí. No confiaba en mi propia voz.
Mientras sentía sus manos en mi espalda, deshaciendo los botones, un nudo de angustia se me instaló en el pecho. Cada roce me hacía preguntarme si de verdad conocía a aquel hombre. Si su familia ocultaba algo. Si su padre se había vuelto loco… o si era el único cuerdo en esa casa.
Cuando por fin me liberó del vestido, fui al baño con el corazón latiendo con violencia. Cerré la puerta con seguro y me apoyé en el lavamanos, intentando recuperar el aliento.
Saqué el sobre del bolsillo y volví a contar los billetes. Estaban intactos. Reales.
Mi suegro no estaba jugando.
—¿Mi amor? —la voz de Daniel sonó desde afuera, suave, paciente—. ¿Estás bien? Te tardas un poco.
Respiré hondo.
—Sí… ya salgo —respondí, aunque la verdad es que no quería salir.
Me miré al espejo. Yo, con el maquillaje corrido, el peinado deshecho, y en medio de la noche que debía ser la más feliz de mi vida… sintiéndome como una extraña atrapada en una casa ajena.
Tenía dos opciones:
confiar o huir.
Y ninguna era segura.
Cuando salí del baño, Daniel ya estaba acostado, con el brazo extendido hacia mí, como invitándome a acercarme. Su gesto cálido contrastaba con el nudo helado en mi estómago.
—Ven —me dijo con ternura.
Me acosté a su lado, rígida, intentando ocultar mi tensión. Él me abrazó, apoyó su cabeza en mi hombro y murmuró:
—Ha sido un día largo. Te amo.
Sus palabras, que antes me habrían derretido el corazón, ahora solo intensificaron mi confusión.
Si había peligro… no podía venir de él, ¿o sí?
Esperé a que su respiración se hiciera profunda y regular. Cuando estuve segura de que dormía, me levanté con cuidado. Caminé hacia la ventana y miré el jardín. A lo lejos, pude distinguir una figura: un hombre apoyado en el porche. Su silueta era inconfundible.
El padre de Daniel.
De pie. Mirando fijamente hacia nuestra ventana. Sin moverse.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
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