Esa tarde, lo preparé todo.
Bañé a Elena, la vestí, le peiné y empaqué todas sus cosas.
Luego sonreí y le dije:
«Te llevo a ver a Daniel. Un cambio de aires te vendrá bien».
Su rostro se iluminó.
No tenía ni idea.
Cuando llegamos, toqué el timbre.
Daniel la abrió.
Detrás de él estaba la otra mujer: cabello perfecto, bata de seda, una vida que claramente no tenía espacio para la realidad.
Ninguno de los dos habló.
Solo se quedaron mirando.
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