Mateo tomó el sobre con las manos temblando.
Valeria se acercó a mi lado, como cuando era niña y tenía miedo de la oscuridad.
La mujer —Gabriela— se mantuvo de pie, elegante, segura, como si estuviera reclamando algo que siempre le perteneció.
—Ábranlo —dijo—. Es lo mejor para todos.
Mateo sacó los papeles.
Su rostro cambió al leer la primera línea.
Valeria le quitó la hoja.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Qué es? —pregunté.
Mateo respiró hondo.
—Son documentos de custodia… y de herencia.
Sentí que el corazón se me detenía.
Gabriela cruzó los brazos.
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