vino una señora muy maja de Ecuador, se llamaba Patricia, muy trabajadora, muy educada, pero yo no me acostumbraba verla ahí tocando mis cosas, abriendo mis armarios, colocando todo de otra manera. No era ella, era yo. Me sentía vigilado en mi propia casa y luego estaba el dinero. Con mi pensión llego justo pagar a alguien todos los días, aunque fueran unas horas, era un pico. Y cuando Patricia no podía venir, mandaban a otra y otra gente distinta todo el rato.
Yo ya ni sabía quién tenía que explicarle dónde estaban las cosas. Entonces fue cuando mi hija sacó otra vez lo de la residencia, fuimos a ver una aquí al lado, moderna, limpia, con jardín. Me enseñaron todo, las habitaciones, el comedor, la sala de actividades, todos muy amables. Pero yo miraba aquello veía horarios. Desayuno a las 9, comida a la 1:30, cena a las 8, actividades de 10 a 11, todo medido, todo controlado. Y la gente que había allí, Dios mío, algunos ni te miraban, otros estaban en sillas de ruedas con la boca abierta babando.
Y yo pensaba, yo todavía camino, todavía me ducho solo, todavía leo el periódico, ya tengo que estar aquí. Me volví a casa esa tarde y me senté en el sofá, el mismo sofá donde me senté con Lola mil veces, y me eché a llorar así, sin más. Lloré porque no sabía qué hacer, porque ninguna opción me parecía bien, porque sentía que se me estaban acabando las las opciones. El mundo ya no tenía sitio para mí tal y como era.
Pasaron unos días, yo seguía solo dándole vueltas a todo y una mañana bajé a por el pan, como siempre. En el portal me crucé con Laura, una vecina del segundo tiene 30 y pocos, dos niños pequeños y siempre va con prisa. Ese día la vi agobiada con uno en el carrito y el otro llorando. Me paré y le pregunté si necesitaba algo. me miró como sorprendida y me dijo que que no que nada, que que era que tenía que llevar al pequeño, al médico y y el mayor no tenía cole porque estaba malo también y
ella tenía que trabajar desde casa y y no sabía cómo iba a hacer y no sé por qué, pero le dije, “Yo te puedo echar una mano, eh, si quieres, el mayor se queda conmigo un rato, le pongo los dibujos y ya está.” Ella se quedó mirándome y al principio dijo que no, que no hacía falta, pero yo insistí y al final me lo dejó. Se llamaba Hugo, un niño rubio, menudito, con mocos. Lo subí a mi casa, le puse la tele, le di galletas y me senté a su lado.
Y fue raro, pero bien. Hacía años que no tenía un crío en casa. Cuando Laura volvió, estaba tan agradecida que casi se pone a llorar. Me dijo que le había salvado la mañana y yo me sentí útil. Hacía tiempo que no me sentía así. Unos días después me pidió otro favor y luego otro. Y yo encantado. Empecé a recoger a Hugo del cole algunos días. Luego Laura me traía cosas del súper si veía que me faltaba algo.
Su marido me ayudó a cambiar una una bombilla que yo ya no alcanzaba. Y así poco a poco, sin darnos cuenta, empezamos a funcionar como una especie de, no sé, como una familia rara. Me di cuenta de que en el barrio había más gente así, gente que necesitaba cosas pequeñas, un vecino mayor que no podía bajar la basura. una chica que trabajaba hasta tarde y no llegaba a recoger el paquete de correos. Yo eh empecé a a estar más atento a ofrecer y la gente me ofrecía también.
Me traían tupers de comida, me preguntaban si necesitaba algo, me llamaban para tomar un café y entonces entendí algo. Yo no necesitaba que me cuidaran como a un niño. No necesitaba que alguien controlara mi vida. Lo que necesitaba era seguir siendo yo, seguir aportando algo, seguir siendo alguien que importa, no alguien a quien hay que soportar. Con mi hija hablamos hace poco. Le expliqué todo esto. Al principio no lo entendía. me decía que me iba a cansar, que era mucho para mí, que qué pasaba si me caía o me ponía malo.
Y tiene razón en parte, pero le dije, “Hija, prefiero cansarme haciendo algo que importa que morirme de aburrimiento esperando a que alguien me lleve al médico. Ahora sigo viviendo solo, sigo teniendo días malos, días en que me duele todo y no me apetece ni levantarme. Pero también tengo días en que Hugo me espera en el portal con un dibujo que ha hecho para mí. O Laura me sube un café y se queda un rato hablando. O el vecino del quinto me pide que le eche un ojo a su madre cuando él no está.
No sé qué pasará dentro de un año ni dentro de 6 meses. Igual un día me caigo y no puedo levantarme. Igual llega un momento en que sí necesito que alguien esté conmigo todo el día y si llega pues llegará. Pero hoy no. Hoy todavía puedo. Todavía tengo algo que dar. Y mientras sea así, quiero seguir siendo Manuel, el del cuarto, el que recoge a Hugo, el que baja por el pan cada mañana, aunque le cueste un poquito más que ayer. Porque envejecer no es desaparecer, es cambiar.
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