Tengo 87 años y mi hija quería llevarme a una residencia… hasta que descubrí esto…

Tengo 87 años y mi hija quería llevarme a una residencia… hasta que descubrí esto…

Tengo 87 años y el otro día me llamó mi hija desde Sevilla, vive allí con su marido y los críos, bueno, críos ya tienen veintitantos, pero para mí siguen siendo críos. Me llamó preocupada como siempre últimamente que papá, que si estás comiendo bien, que si te has tomado las pastillas, que si has ido al médico y al final me lo soltó. Papá, así no puedes seguir. Yo vivo aquí en dos hermanas, en el mismo barrio de toda la vida.

62 años llevo en este piso. Vine aquí recién casado con Lola, que en paz descanse. Hace ya 5 años que se fue. 5 años y 4 meses, si te soy sincero. Los primeros meses casi no me lo creía, ¿sabes? Me levantaba y por un segundo esperaba olerla haciendo el café, pero luego nada, silencio. Mi hija me dijo que tenía que pensar en opciones, que me fuera con ellos una temporada o que buscáramos a alguien que me ayudara en casa o incluso, y esto me lo dijo bajito, como con vergüenza, que miráramos residencias.

Residencias. Esa palabra me sonó rara en su boca. Yo le dije que sí, que vale, que lo pensaba. Pero cuando colgué, me quedé ahí sentado en el sofá mirando la tele sin verla de verdad, pensando qué iba a hacer. Al final probé lo de irme con ellos. Me dijeron que fuera a pasar unas semanas a ver qué tal. Y al principio, la verdad estuvo bien. Me arreglaron el cuarto de invitados. Mi hija me hacía la comida, los nietos venían a darme un beso cuando llegaban.

Me sentía acompañado después de tanto silencio en casa. Aquello era casi un alivio, pero poco a poco empecé a notarlo. Ellos tienen su vida, claro. Se levantan temprano, salen corriendo, vuelven tarde, los nietos están con sus cosas, con el móvil, con los amigos y yo ahí en medio como un mueble. No es que me trataran mal, eh, que no se malinterprete, es que simplemente yo no encajaba en ese ritmo. Me iba a dormir cuando ellos estaban viendo la tele, me levantaba cuando ya se habían ido todos.

Comía a las 2:30 porque era cuando tocaba. Aunque yo siempre he comido a las tres tonterías, lo sé, pero son las tonterías las que te hacen sentir en casa o fuera de ella. Un día mi yerno me preguntó si necesitaba algo del súper. Muy amable, sí, pero me lo preguntó como se le pregunta a alguien que no puede ir solo. Y yo siempre he ido solo al súper, siempre. Desde que Lola ya no podía, yo iba y ahí me di cuenta, me estaban cuidando y está bien que te cuiden, pero yo no quería solo eso.

No quería ser alguien a quien hay que cuidar, no todavía. Me volví a casa al cabo de tres semanas. Mi hija se quedó preocupada, pero le dije que estaba bien, que prefería mi casa. Y era verdad. Cuando abrí la puerta y olí ese olor acerrado a viejo, sentí un alivio enorme. Esto era mío. Aquí nadie me preguntaba si había desayunado. Aquí podía hacer lo que me diera la gana, pero claro, hacer lo que me da la gana a los 87 no es lo mismo que a los 50.

Me cansaba más. A veces se me olvidaban cosas, dónde había puesto las llaves, si había cerrado el gas, si ya me había tomado la pastilla o no. Una tarde me caí en el baño, no fue nada, un resbalón tonto, pero me quedé ahí tirado un rato intentando levantarme y pensé, si esto pasa de noche, ¿quién me encuentra? Mi hija insistió entonces con lo de buscar ayuda. Una persona que viniera unas horas, que me hiciera la compra, la limpieza, que me acompañara al médico y lo probamos.

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