EL MÉDICO LE DIO 7 DÍAS DE VIDA, Y SU ESPOSO LE SUSURRÓ “CUANDO TE VAYAS – lbsuong

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Parte 2: Lo que aún no debía saberse

El papel tembló entre los dedos de Tomás mientras Mónica se inclinaba demasiado cerca, intentando leer más rápido, como si adelantarse a las palabras pudiera cambiar su significado.

Desde la cama del hospital, Rebeca contuvo el aliento, sintiendo cómo cada latido golpeaba contra su pecho con una urgencia que no recordaba haber tenido en días.

La voz de su padre parecía salir de ese papel, incluso a través de la pantalla, como si hubiera dejado cada frase calculada para ese preciso instante.

—Si estás leyendo esto sin permiso de mi hija, entonces ya no tengo dudas —continuaba la carta—. Has cruzado el límite que yo temía que cruzaras.

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Mónica retrocedió medio paso, como si la habitación misma hubiera cambiado de temperatura, mientras Tomás apretaba los dientes con una furia contenida.

—Esto es una broma —murmuró él, pero su voz ya no tenía la misma seguridad de minutos antes.

Rebeca sintió un hilo de esperanza abrirse paso entre el miedo, uno pequeño pero obstinado, como una grieta en una pared que parecía indestructible.

Tomás siguió leyendo, ahora más rápido, más desesperado, como si necesitara encontrar una salida entre las líneas que claramente no estaban escritas para salvarlo.

—He dejado pruebas, registros, y una copia de todo en manos de alguien que tú jamás considerarías una amenaza —decía la carta—. Ese ha sido siempre tu mayor defecto.

Mónica frunció el ceño, volteando hacia la puerta como si, de pronto, cada rincón de la casa pudiera estar observándolos.

—¿De qué está hablando? —preguntó ella, ahora sin rastro de la sonrisa que había traído consigo.

Tomás no respondió de inmediato. Sus ojos recorrían las hojas con una rapidez nerviosa, como si cada palabra fuera una cuenta regresiva.

En el hospital, Rebeca recordó las tardes en que su padre insistía en enseñarle cosas que ella consideraba exageradas: copias, respaldos, testigos, precauciones.

En ese momento, había pensado que era desconfianza innecesaria. Ahora entendía que era previsión pura, casi desesperada, de un hombre que ya veía lo que venía.

El dolor en su abdomen volvió, punzante, recordándole que no tenía tiempo para contemplaciones largas ni para nostalgia que no aportara soluciones inmediatas.

Tomás llegó al final de la primera hoja y soltó una risa seca, corta, que no tenía nada de humor.

—Viejo paranoico —escupió, aunque sus manos seguían temblando.

Mónica le arrebató otra de las hojas, ignorando el gesto, y comenzó a leer en silencio, sus ojos moviéndose con una rapidez inquieta.

Rebeca acercó más la tableta, como si eso pudiera hacerla escuchar mejor, como si acercarse a la pantalla acortara la distancia entre ella y su propia vida.

—Si has llegado hasta aquí —continuaba la siguiente página—, entonces mi hija probablemente ya no puede defenderse por sí misma. Pero eso no significa que esté sola.

Un escalofrío recorrió la espalda de Rebeca, no de miedo, sino de reconocimiento. Sabía exactamente a quién se refería su padre.

Lupita.

La imagen de la mujer cruzando el portón de la casa apareció en una de las cámaras, avanzando con paso firme, sin detenerse a mirar el sedán negro estacionado.

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