Tomás aún no la había visto.
—Necesitamos encontrar lo que falta —dijo Mónica, bajando la voz—. Esto no sirve si no tenemos los documentos.
Tomás cerró la carta de golpe, como si pudiera silenciarla, como si negarla la volviera irrelevante.
—Está en algún lado —respondió—. Y si no está aquí, alguien lo tiene.
En el hospital, Rebeca sintió cómo la idea se formaba completa en su mente, clara, peligrosa, inevitable.
Él sabía.
O al menos sospechaba.
Y eso significaba que el tiempo que le quedaba ya no era una cuenta regresiva pasiva, sino una carrera contra alguien que no iba a detenerse.
El sonido de la puerta abriéndose en la casa interrumpió el silencio. Lupita entró al despacho sin anunciarse, con una calma que contrastaba con la tensión acumulada.
Tomás giró de inmediato, sorprendido, y por un segundo no supo qué decir.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, demasiado rápido.
Lupita no respondió enseguida. Sus ojos recorrieron la habitación, la caja fuerte abierta, los papeles en las manos de Tomás, la presencia de Mónica.
Y luego lo miró a él.
—Lo mismo que tú —dijo finalmente—. Llegar antes de que sea demasiado tarde.
Rebeca sintió que algo cambiaba, como si las piezas que habían estado dispersas por fin comenzaran a encajar, no de forma perfecta, pero sí suficiente.
Tomás dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio de Lupita con una agresividad apenas contenida.
—No tienes nada que hacer aquí —insistió.
Ella no retrocedió.
—Eso no lo decides tú.
Mónica observaba en silencio, evaluando, midiendo cada palabra, como si buscara la mejor forma de intervenir sin exponerse más de lo necesario.
Desde la cama, Rebeca apretó la tableta con más fuerza, sintiendo que ese momento, ese cruce de miradas, era una línea que ya no podía desdibujarse.
Porque ahora no se trataba solo de sobrevivir.
Se trataba de elegir.
Decir la verdad y arriesgarlo todo, incluso la poca estabilidad que aún le quedaba, o guardar silencio y permitir que la mentira terminara de enterrarla.
El monitor a su lado emitió un pitido irregular, como si su propio cuerpo reaccionara a la decisión que aún no tomaba.
Y por primera vez desde que escuchó “7 días”, Rebeca entendió que tal vez no era el tiempo lo que la estaba matando.
Sino lo que decidiera hacer con él.

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