PARTE 1
“¿De verdad necesitabas un hotel para burlarte de mí, Mariana?”
Eso fue lo primero que pensé cuando metí la mano en su bolsa buscando las llaves del coche y encontré un gel íntimo carísimo, una caja de preservativos y un recibo doblado del Hotel Jacarandas, en Guadalajara.
Me llamo Diego, tengo 36 años y arreglo celulares y laptops en un localito cerca del mercado de Santa Tere. No soy rico, no uso traje, no manejo camioneta del año. Pero durante ocho años creí que tenía algo más valioso: un matrimonio tranquilo con Mariana.
Ella trabajaba como asistente ejecutiva en un despacho de abogados de Providencia. Siempre decía que su jefe, el licenciado Rodrigo Murillo, era exigente, brillante y “muy profesional”. Yo había escuchado ese nombre tantas veces que ya me caía mal sin conocerlo.
Aquella mañana, mientras veía esos objetos en la mesa de la cocina, algo dentro de mí se apagó. No grité. No rompí nada. No la esperé en la puerta como marido de telenovela. Me quedé callado, porque Mariana siempre decía que yo era predecible. “Diego nunca se atreve a nada”, le había escuchado decir una vez por teléfono, creyendo que yo estaba dormido.
Esa noche llegó tarde. Olía a perfume caro que no era mío ni de ella. Se quitó los tacones junto a la entrada y sonrió como si no estuviera cargando una mentira entera sobre los hombros.
—Perdón, amor. Junta larguísima. Rodrigo está preparando un caso importante.
—¿Rodrigo otra vez? —pregunté, sirviéndole agua de jamaica.
—Ay, no empieces. Es mi trabajo.
Su tranquilidad me dio más coraje que cualquier confesión.
Tres días después, instalé una aplicación de ubicación en el coche familiar, la misma que usamos cuando mi sobrino se perdió en la feria de Tonalá. Mariana no se dio cuenta. El miércoles, a las 2:47 de la tarde, el coche apareció estacionado frente al Hotel Jacarandas.
Fui.
Me quedé del otro lado de la calle, detrás de un puesto de tacos de barbacoa, fingiendo revisar el celular. A las 4:12, Mariana salió del cuarto 214, arreglándose el cabello. Detrás venía Rodrigo Murillo, traje azul, reloj brillante, sonrisa de hombre que cree que el mundo le debe permiso.
Él la tomó de la cintura. Ella se rio.
La besó.
Y yo grabé todo.
Pero lo peor vino después: al pasar junto a mí, sin verme, Mariana dijo:
—Pobre Diego. Seguro cree que sigo en la oficina.
Rodrigo soltó una carcajada.
—Ese tipo no sospecharía ni aunque le dejaras la factura en la frente.
Sentí que me ardía la sangre.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
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