PARTE 2
La siguiente semana, Mariana empezó con su rutina de siempre: “hoy salgo tarde”, “Rodrigo necesita unos documentos”, “no me esperes a cenar”. Yo asentía, calentaba tortillas, hacía como si nada y guardaba cada mensaje, cada recibo, cada ubicación.
El jueves renté una habitación en el mismo hotel, justo frente al pasillo del cuarto 214. No quería pelear. Quería escuchar la verdad completa.
La escuché.
Mariana decía que conmigo su vida era “como repetir el mismo capítulo todos los días”. Rodrigo le respondía que ella merecía “un hombre con ambición”. Se rieron de mi local, de mis camisas, de mi manera de ahorrar para cambiar el refrigerador. Hasta se burlaron de que yo preparaba café de olla los domingos porque “me sentía muy tradicional”.
Ahí entendí que no era solo una infidelidad. Era desprecio.
Esa tarde, antes de que ellos llegaran, hice algo que llevaba días pensando. No fue violencia, no fue veneno, no fue nada que pudiera lastimar a alguien. Solo cambié una botella que Mariana guardaba en su bolsa por otra idéntica, de utilería, con un colorante teatral verde intenso, de esos que se usan en bromas y tarda días en quitarse.
Quería que la mentira tuviera color.
A las 5:30 escuché el primer grito.
Luego otro.
Después pasos, puertas, voces del personal del hotel. Mariana salió al pasillo envuelta en una bata blanca, con la cara, el cuello y las manos completamente verdes. Rodrigo venía detrás, igual, intentando cubrirse con una toalla mientras gritaba que iba a demandar a todo el mundo.
Pero el hotel estaba lleno.
Una señora de Monterrey grabó. Un chavo de recepción grabó. Dos huéspedes salieron a ver el escándalo. En menos de una hora, el video ya circulaba en Facebook con el título: “Abogado y asistente salen verdes de motel en Guadalajara”.
Cuando Mariana llegó a casa, traía lentes oscuros, bufanda y una desesperación que nunca le había visto.
—Diego… tenemos que hablar.
—¿De qué? —pregunté.
Se quitó los lentes. Todavía tenía manchas verdes en las mejillas.
—Hubo un accidente en el hotel.
—¿Hotel?
Se quedó helada.
—No es lo que piensas.
Entonces sonó mi celular. Era Rodrigo Murillo.
Contesté en altavoz.
—Diego, sé que fuiste tú —dijo con la voz temblorosa—. Esto fue una trampa.
—¿Una trampa dónde, licenciado?
Silencio.
—No te hagas. Sabes perfectamente lo de Mariana y yo.
Mariana se tapó la boca.
Yo sonreí apenas.
—Gracias por aclararlo.
Rodrigo entendió demasiado tarde que acababa de confesarse solo.
Y todavía faltaba lo peor: mi vecina Lupita acababa de tocar la puerta con el celular en la mano.
—Diego… ¿ya viste que tu esposa es tendencia?
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