«Me voy a llevar cinco camiones Mercedes», dijo el hombre andrajoso.
Todos se rieron y se burlaron de él… hasta que se dieron cuenta de su error. Pero ya era demasiado tarde.
Fue en la agencia Mercedes-Benz de Guadalajara, un lugar donde los tratos se medían en cientos de miles de pesos y los empresarios llegaban en camionetas de lujo, con relojes brillosos y trajes italianos. Nadie imaginaba que aquel anciano de botas polvorientas estaba a punto de darles una lección que jamás olvidarían.
Don Félix Navarro, de sesenta y seis años, con su chamarra gastada y una mochila vieja colgando del hombro, entró caminando despacio entre los enormes tractocamiones que relucían bajo la luz halógena.
Lucas Ferrer fue el primero en verlo. Intercambió una mirada burlona con Héctor Beltrán, el vendedor más veterano, de cuarenta y cinco años. Héctor levantó una ceja y sonrió con desdén.
—Otro curioso —murmuró.
Ambos sabían reconocer a los que solo iban a mirar, no a comprar.
En el baño, Javier Peña, el gerente de ventas, se acomodaba su corbata importada cuando escuchó los pasos lentos en la sala. Salió secándose las manos con una toalla de papel. En dos segundos evaluó al visitante: ropa vieja, postura encorvada, mochila remendada. Conclusión inmediata: pérdida de tiempo.
Don Félix se detuvo frente a un Actros blanco reluciente, pasó su mano callosa por la defensa cromada y suspiró. Había manejado camiones como ese por cuarenta años. Conocía cada válvula, cada tornillo, cada truco del motor.
Pero los tres hombres que lo observaban desde lejos no sabían nada de eso.
Lucas se acercó con el aire sobrador de quien cree saberlo todo.
—Disculpe, señor —dijo con tono condescendiente—, esos camiones son para clientes con cita. Si quiere información general, tenemos folletos allá en la entrada.
Don Félix lo miró con calma, con esos ojos grises que parecían pozos antiguos.
—Voy a llevarme cinco camiones Mercedes —dijo sin titubear.
El silencio duró apenas un segundo antes de que Lucas soltara la carcajada. Héctor también rió, y Javier cruzó los brazos, mirando la escena como si fuera un chiste.
—¿Cinco camiones? —repitió Lucas entre risas—. ¿Sabe cuánto cuesta uno solo? Más de dos millones de pesos cada uno.
—Más de medio millón de dólares —añadió Héctor con tono burlón.
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