«Me voy a llevar cinco camiones Mercedes», dijo el hombre andrajoso.
Don Félix no respondió. Solo siguió acariciando el camión.
—Mire —intervino Héctor—, entendemos que le gusten, pero esto no es un museo. Si no tiene una empresa registrada, ni siquiera podemos cotizarle.
—Tengo una empresa —contestó el viejo, sin voltear—. Treinta y dos unidades activas. Necesito cinco más.
Javier soltó una risita seca.
—¿Treinta y dos camiones y viene vestido así, señor? Los dueños de flotillas grandes llegan con chofer y contador, no caminando con una mochila rota.
—La mochila no está rota —respondió Don Félix, girando lentamente—. Solo tiene muchas historias. Igual que yo.
Hubo algo en su voz que hizo dudar a Javier, pero el orgullo pudo más.
—Mire, tenemos clientes reales esperando. Si quiere perder el tiempo, hay una cafetería a dos cuadras.
Entonces Don Félix abrió su mochila y sacó una carpeta de plástico amarillenta. La colocó sobre la mesa con cuidado.
—Aquí está el acta constitutiva de mi empresa, Transportes Navarro, fundada hace treinta y ocho años. Estos son los estados financieros más recientes… y esta —sacó otra hoja— es una carta de mi banco confirmando una línea de crédito por cuarenta millones de pesos.
Javier tomó los papeles sin creerlo. Su rostro perdió el color al ver el logo del banco y las cifras reales. Lucas y Héctor se quedaron mudos.
—Lamento mucho, don Navarro —balbuceó Javier.
—No se preocupe —dijo el viejo con tristeza—. Es fácil confundir ropa vieja con falta de valor. Muchos creen que el dinero solo tiene una cara, y se olvidan que las manos con grasa también pueden ser limpias.
El silencio pesó como plomo. Héctor bajó la mirada. Lucas tragó saliva.
Javier intentó salvar la situación:
—Por supuesto, señor, fue un malentendido. Si gusta, podemos pasar a mi oficina y tomar un café mientras revisamos…
—Ya no voy a comprar aquí —interrumpió Don Félix, guardando los documentos.
Dio media vuelta y caminó hacia la salida. Cada paso resonó en el piso de cerámica como un golpe en el orgullo de los tres.
—¡Espere, por favor! —gritó Javier, corriendo detrás de él—. Fue un error, don Félix. Permítanos enmendarlo.
Leave a Comment