PARTE 2
Julián habló mirando hacia todos lados, como si temiera que hasta los muertos pudieran escucharlo.
—Rodrigo planeó todo durante casi dos años. Empezó cuando sus deudas de juego se salieron de control. Debía dinero a prestamistas de Jalisco, gente peligrosa. Pero en vez de confesarlo, decidió vaciar la empresa de ustedes.
Ernesto recordó las visitas repentinas de Rodrigo a la casa familiar en Las Lomas. Llegaba con Mateo, abrazaba a su madre, pedía café, decía que extrañaba “los domingos de antes”. Carmen, feliz, le abría la puerta del estudio, le dejaba revisar papeles, tomar carpetas, buscar supuestos documentos.
—Las joyas de mi madre… —murmuró Carmen, pálida.
Julián asintió.
—Fueron lo primero. Rodrigo mandó hacer copias perfectas. Cada vez que iba a verlos, cambiaba una o dos piezas. Los diamantes, las esmeraldas, los relojes antiguos. Todo lo vendió por medio de compradores en el extranjero.
Ernesto apretó tanto el bastón que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Y el accidente?
—Lo armó con un hombre llamado “El Canijo”. Un delincuente que consiguió el coche, los cuerpos y el incendio. También sobornaron a una doctora del SEMEFO para alterar muestras y reportes. Las alianzas que encontraron no eran las verdaderas. Eran copias quemadas para cerrar la historia.
Carmen comenzó a llorar en silencio. Pero no era el llanto de antes. Ya no lloraba a un hijo muerto. Lloraba porque el hijo que había criado quizá nunca había existido como ella creía.
—¿Por qué viene hasta ahora? —preguntó Ernesto—. ¿Quiere dinero?
—No —respondió Julián—. Rodrigo me arruinó cuando me negué a ayudarlo. Perdí mi trabajo, mi familia, mi casa. Pero lo que más me pesa es haberme quedado callado. Los he visto venir aquí cada mes, dejando flores sobre tumbas vacías. No pude más.
Esa misma noche, Ernesto contrató investigadores privados. No fue a la policía. No todavía. Necesitaba comprobarlo con sus propios ojos.
En menos de dos semanas, supo todo. Rodrigo vivía como Ricardo Montes en una zona exclusiva de Puerto Vallarta. Decía haber vendido una empresa tecnológica. Paola iba a spas, clubes privados y boutiques caras. Mateo estudiaba en un colegio bilingüe, sin saber que tenía abuelos vivos que lo habían llorado durante tres Navidades.
Ernesto y Carmen viajaron días antes de Nochebuena. Rentaron un coche discreto y se estacionaron cerca de la residencia. La primera vez que Carmen vio a Mateo salir al jardín, alto, sonriente, con un uniforme impecable, se tapó la boca para no gritar.
—Es él… mi niño… —dijo entre sollozos—. Nos robaron tres años de su vida.
Ernesto no respondió. Tenía los ojos clavados en la casa. Todo ahí —las ventanas enormes, los autos, la alberca, los muebles importados— parecía comprado con sangre.
La tarde del 24 de diciembre, mientras las calles se llenaban de luces, villancicos y familias cargando bolsas de regalos, Ernesto tomó una decisión.
—Voy a tocar la puerta.
—¿Estás loco? —susurró Carmen—. Puede ser peligroso.
—Más peligroso fue dejarlo crecer creyendo que el dinero valía más que la verdad.
Caminó hasta el portón con el corazón golpeándole el pecho. Presionó el timbre. Pasaron segundos eternos.
Cuando la puerta se abrió, Rodrigo apareció con una camisa de lino, barba recortada y lentes caros. Al ver a su padre, perdió el color del rostro.
—Papá…
Ernesto lo miró sin pestañear.
—Hola, Rodrigo. ¿O prefieres que te diga Ricardo Montes?
Rodrigo intentó cerrar la puerta, pero Ernesto puso el bastón en medio.
—No. Me debes una conversación. Tres años llorando sobre una tumba vacía merecen, por lo menos, que tengas el valor de mirarme a los ojos.
Desde el interior de la casa se escuchó la voz de Paola.
—¿Quién es, amor?
Cuando ella bajó las escaleras y vio a Ernesto, se quedó congelada.
Entonces, desde un pasillo iluminado por el árbol de Navidad, apareció Mateo.
—¿Papá? —preguntó el niño—. ¿Quién es ese señor?
Rodrigo se puso delante de él, desesperado.
Y en ese instante, Ernesto entendió que la verdad ya no podía seguir escondida detrás de ninguna puerta.
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