PARTE 2
Laura no lloró de inmediato. Se quedó parada frente al policía, con las manos temblando y la boca seca, como si su cuerpo hubiera decidido apagar todo para no romperse ahí mismo.
—¿Qué significa esto? —preguntó, aunque ya lo sabía.
El comandante Salazar, un hombre serio de unos cincuenta años, respiró hondo.
—Hubo testigos del accidente. Dicen que el coche venía zigzagueando sobre la carretera a Lerma. Antes de estrellarse contra un árbol, se escuchaban gritos dentro del vehículo.
—¿Gritos de quién?
—Eso estamos investigando. Pero encontramos más mensajes entre su esposo y su hermana.
Laura sintió náuseas.
La doctora Medina, jefa de urgencias, se acercó con cuidado.
—Laura, Diego y Valeria están estables, aunque inconscientes. Mateo recibió un golpe fuerte en la cabeza. Las próximas veinticuatro horas son muy importantes.
Ahí sí se quebró.
No por Diego. No por Valeria. Por Mateo. Por su hijo, que llevaba semanas apagándose frente a sus ojos mientras ella se convencía de que era “la edad”.
El comandante sacó una hoja doblada dentro de una bolsa transparente.
—También encontramos esto en la mochila de su hijo.
Laura reconoció la letra de Mateo. Torcida, pequeña, infantil.
“Hoy vi a mi papá y a mi tía Valeria besándose en la cocina. Papá me dijo que no le dijera a mamá porque era un asunto de adultos. Pero yo no quiero mentirle. Mamá llega cansada del hospital y les cree a todos. No sé qué hacer. Me duele la panza de guardar esto.”
Laura se llevó la hoja al pecho y soltó un llanto ahogado.
Durante una semana, no se movió del lado de Mateo. Sus compañeros del hospital le llevaban café, fruta, cobijas. Carmen se quedaba con ella algunas horas para que pudiera bañarse. Pero Laura casi no dormía. Se sentaba junto a la cama, tomaba la mano de su hijo y le repetía:
—Perdóname, mi niño. Perdóname por no haber visto tu dolor.
Diego y Valeria despertaron al tercer día. Preguntaron por Mateo. Laura no fue a verlos. No todavía. Tenía miedo de lo que podía hacer si los miraba a los ojos.
Al séptimo día, la doctora le dijo que Mateo mostraba señales de recuperación. Movía los dedos, reaccionaba a algunos sonidos. Laura sintió un poco de aire entrarle al pecho.
Entonces decidió enfrentar a los otros dos.
Diego estaba en una habitación con el brazo enyesado y varios golpes en la cara. Valeria estaba en la cama contigua, con un moretón enorme bajo el ojo. Cuando Laura entró, los dos bajaron la mirada.
—Explíquenme —dijo ella, sin saludar.
Diego empezó a llorar.
—Laura, yo… no sé cómo pasó.
—Claro que sabes. No fue un accidente besar a mi hermana en mi casa.
Valeria se cubrió la cara.
—Perdón, hermana. Yo estaba destruida por mi divorcio. Diego me escuchaba, me acompañaba…
—¿Y decidiste pagarme metiéndote con mi marido? —la voz de Laura salió baja, pero filosa—. Yo te abrí mi casa. Mi hijo te quería. Yo confiaba en ti.
Diego intentó incorporarse.
—Al principio solo hablábamos. Luego se nos salió de control.
—No. No “se les salió”. Ustedes lo eligieron. Día tras día.
Entonces Diego confesó lo que Laura más temía.
Mateo había llegado temprano de la escuela un viernes, porque suspendieron clases por una junta de maestros. Entró sin hacer ruido y los encontró en la cocina, abrazados, besándose. Diego corrió tras él y le pidió que no dijera nada. Le dijo que su mamá sufriría, que la familia se destruiría, que él era un niño inteligente y podía entender.
Laura sintió ganas de vomitar.
—Usaste el amor de mi hijo contra él.
Valeria lloraba sin levantar la cara.
—Ese día del accidente, Mateo dijo que ya no podía más. Que llegando a casa me iba a contar todo. Yo quise hablar con él, Diego empezó a manejar rápido, todos gritamos…
—Y casi lo matan —dijo Laura.
Nadie respondió.
En ese momento, una enfermera entró apresurada.
—Laura, ven rápido. Es Mateo.
Laura salió corriendo, con el corazón golpeándole las costillas. Al llegar a la habitación, vio médicos alrededor de la cama.
Mateo tenía los ojos abiertos.
Y justo cuando Laura iba a acercarse, él susurró algo que la dejó helada.
—Mamá… yo no fui el único que vio todo…
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