Parte 2
Julián leyó la carta 3 veces, pero la habitación seguía girando como si la tormenta hubiera entrado por dentro de las paredes. Marisol estaba de pie junto a la maleta, con Lupita dormida en brazos y Emiliano pegado a su pierna.
—Eso no puede ser para mí.
La voz de Marisol tembló.
—Teresa escribió esto hace años.
Julián apenas podía hablar.
—Ella siempre quiso adoptar. Yo le decía que después, que cuando el taller estuviera mejor, que cuando juntáramos más dinero. Siempre después.
Miró a los niños y sus ojos se llenaron de una culpa antigua.
—Y luego no hubo después.
Emiliano se acercó despacio.
—¿Su esposa quería niños?
Julián asintió.
—Mucho.
—Entonces Lupita le habría gustado. No habla casi, pero abraza bonito.
Marisol cerró los ojos para no llorar. Ella había huido de Querétaro con sus hijos después de que su cuñado, Rogelio, le quitó el cuarto donde vivía y la acusó de robarle dinero a la familia. Su esposo había muerto en un accidente en una obra, y desde entonces todos la miraban como carga. Llegó a San Miguel siguiendo el rumor de una casa vacía, pensando quedarse 1 noche.
Pero la casa vacía ya no estaba vacía.
Al amanecer, alguien golpeó la puerta con furia. Era Doña Elvira, acompañada de Rogelio y 2 hombres del pueblo. Rogelio tenía la sonrisa de quien ya decidió destruir.
—Marisol, ya estuvo bueno el teatro. Tus hijos vienen conmigo.
Ella abrazó a Lupita.
—Tú no tienes derecho.
—Soy familia de su padre. Y tú no tienes casa, no tienes trabajo, no tienes nada.
Julián se interpuso.
—En mi casa nadie se lleva a un niño a la fuerza.
Doña Elvira lo miró con desprecio.
—¿Tu casa? Esa mujer te está usando. Primero se mete aquí, luego te saca papeles, luego termina heredando lo que era de Teresa.
Rogelio avanzó hacia Emiliano, que retrocedió asustado.
—Vámonos, chamaco.
—¡No!
El grito de Lupita sorprendió a todos. La niña, que casi nunca hablaba, se aferró al cuello de Marisol.
—No quiero ir con él.
Rogelio levantó la mano, furioso, pero Julián lo sujetó del brazo.
—Tócala y sales de aquí cargado.
El ambiente se tensó. Afuera, varias vecinas se habían acercado a mirar. El escándalo ya estaba servido.
Doña Elvira sacó un papel doblado.
—Julián, todavía estás a tiempo. Firma para vender esta casa. Con ese dinero te vas a una clínica y dejas de hacer el ridículo.
Marisol lo miró confundida.
—¿Clínica?
Julián bajó los ojos. No quería que los niños lo supieran, pero el secreto cayó pesado sobre la mesa.
—Estoy enfermo. El doctor dijo que el corazón puede fallarme cualquier día.
Emiliano se quedó pálido.
—¿Por eso vino aquí? ¿Para morirse?
Nadie respondió.
Esa noche, Marisol volvió a empacar, pero esta vez no por los rumores. Tenía miedo de que sus hijos se encariñaran con alguien que quizá se iría pronto. Julián la encontró en el corredor.
—No te vayas.
—Mis hijos ya han perdido demasiado.
—Yo también.
—Entonces entiende. No puedo dejar que lo quieran y luego enterrarlo.
Julián quiso hablar, pero un golpe seco interrumpió todo. En el patio, Emiliano había caído al suelo junto al pozo viejo. Lupita gritaba. El niño había intentado rescatar la muñeca de su hermana y una tabla podrida se rompió bajo sus pies.
Marisol corrió desesperada. Julián, olvidando su corazón enfermo, bajó como pudo entre piedras y lodo. Cuando sacó a Emiliano, el niño respiraba, pero tenía sangre en la frente.
La camioneta arrancó rumbo al hospital bajo la lluvia. Marisol lloraba con Lupita en brazos. Julián manejaba con la cara ceniza, sintiendo el pecho cerrarse.
Al llegar a urgencias, se desplomó antes de bajar.
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