Me llamo **Luana**, tengo 20 años y estoy en el último año de la universidad, estudiando Diseño.
Siempre me han dicho que parezco mayor de lo que soy — tal vez porque crecí solo con mi madre, **Doña Helena**, una mujer fuerte, trabajadora y que nunca se dejó vencer por la vida.
Mi padre murió cuando yo era niña, y mi madre nunca volvió a casarse.
Trabajó incansablemente para criarme sola, y por eso siempre ha sido mi mayor ejemplo de valentía.
Todo cambió el día en que participé en un proyecto de voluntariado.
Fue allí donde conocí a **Ricardo**, el coordinador del equipo técnico.
Tenía poco más de 40 años.
Era tranquilo, educado, y había algo en su manera de hablar… una tristeza discreta que despertaba en mí curiosidad y empatía.
Al principio, solo lo admiraba.
Pero con el tiempo, empecé a notar que mi corazón se aceleraba cada vez que él estaba cerca.
Ricardo tenía un buen trabajo, vivía solo y había pasado por un divorcio años atrás — sin hijos.
Nunca hablaba mucho de su pasado.
Solo dijo una vez:
> “Ya he perdido algo muy importante… ahora solo quiero vivir en paz.”
Nos acercamos de forma natural, sin prisas, sin promesas grandiosas — solo respeto y cariño.
La gente comentaba:
> “Ella es tan joven… ¿qué ve en un hombre de su edad?”
Pero no me importaba.
A su lado, sentía paz — algo que nunca había sentido antes.
Un día, él me dijo:
> “Luana, quiero conocer a tu madre. Ya no quiero esconder nuestra relación.”
Me puse nerviosa.
Leave a Comment