—Papá, ¿quién es ese hombre que siempre toca el cuerpo de mamá con un paño rojo cada vez que tú duermes?

—Papá, ¿quién es ese hombre que siempre toca el cuerpo de mamá con un paño rojo cada vez que tú duermes?

 

Ronqué con una cadencia exagerada, como si quisiera convencer no solo a mi esposa sino al mundo entero de que estaba profundamente dormido. Sentía el corazón golpeándome las costillas con una fuerza que no combinaba con aquel sonido falso y torpe que salía de mi garganta. A mi lado, ella respiraba con normalidad. O eso parecía. Cada pequeño movimiento de las sábanas me parecía sospechoso. Cada suspiro se volvía una señal que intentaba descifrar.

Los minutos comenzaron a estirarse como hilos tensos. Pensé que tal vez todo era una tontería, que Sonia había tenido una pesadilla demasiado vívida. Estuve a punto de relajarme cuando escuché algo. No era un golpe, ni una puerta que se abriera. Era un roce. Suave. Como tela contra piel.

Mi estómago se encogió.

Sentí que mi esposa se incorporaba con cuidado. La cama se movió apenas. No abrió la luz. No habló. Sus pasos fueron lentos, descalzos sobre el piso frío. Yo seguí respirando fuerte, fingiendo aquel ronquido ridículo que ahora me parecía un disfraz frágil.

Escuché la puerta abrirse con un leve crujido.

Un segundo después, otro sonido. Más leve todavía. Como si alguien ya estuviera del otro lado.

El aire en la habitación cambió. No sé cómo explicarlo, pero lo sentí. Como cuando entra una corriente inesperada y la temperatura baja sin que nadie toque la ventana.

Pasaron unos segundos que parecieron eternos.

Luego, el mismo roce. Más claro ahora. Tela frotando algo. Un movimiento lento, repetitivo. No era apresurado. No era torpe. Era casi… ritual.

Mi mente se llenó de imágenes que no quería ver. Una sombra inclinada sobre ella. Un hombre desconocido tocando a mi esposa con confianza, mientras yo, como un idiota, roncaba a un metro de distancia.

La sangre me subió a la cabeza. Estuve a punto de abrir los ojos y saltar, pero algo me detuvo. No era cobardía. Era necesidad de certeza.

Escuché un murmullo. No palabras completas, solo un susurro bajo, casi como una oración.

El roce continuó. Una, dos, tres veces.

Y entonces lo escuché claramente.

Una voz masculina. Pero no era joven. No tenía tono de deseo. Era grave, pausada.

—Ya casi… ya casi queda limpio…

Mi corazón se detuvo un segundo.

¿Limpio?

No entendía.

Abrí los ojos apenas, lo suficiente para que mis pestañas dejaran pasar una rendija de visión.

La puerta estaba entreabierta. La luz del pasillo entraba en una franja delgada que cortaba la oscuridad.

Y en esa franja vi una figura.

Un hombre mayor, de cabello blanco, inclinado hacia la cama donde mi esposa ahora estaba sentada, con la espalda descubierta. En su mano sostenía un paño rojo.

Lo pasaba por su espalda con movimientos lentos, cuidadosos.

No había prisa. No había pasión. Había concentración.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi razón. Me incorporé de golpe.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

La figura se sobresaltó. Mi esposa giró el rostro hacia mí, y en su mirada no había culpa. Había miedo.

—¡No! —dijo ella—. Espera…

Pero yo ya estaba de pie.

Encendí la luz.

El hombre frente a mí no era un amante. No era un intruso musculoso ni un vecino oculto en la sombra. Era un anciano delgado, con el rostro lleno de arrugas profundas y los ojos cansados. Vestía ropa sencilla, casi gastada.

En su mano, el paño rojo estaba húmedo.

Mi esposa temblaba.

—Explícame esto ahora mismo —dije, sintiendo que mi voz no me pertenecía.

El hombre bajó la mirada. No parecía asustado. Parecía resignado.

—Señor —dijo con voz tranquila—, no es lo que usted cree.

Esa frase, en otro contexto, habría encendido mi furia. Pero algo en su tono me obligó a escuchar.

—Entonces dime qué es —exigí.

Mi esposa respiró hondo, como si llevara años esperando ese momento.

—Es mi padre.

Sentí que el piso se movía.

—¿Tu padre? Tu padre murió hace diez años.

Ella negó lentamente.

—Eso fue lo que te dije.

El silencio cayó pesado entre nosotros.

Miré al anciano otra vez. Y entonces lo vi. No el parecido físico, sino algo en la forma en que sus ojos la miraban. No había deseo. Había una mezcla de tristeza y devoción.

—Mi padre no murió —continuó ella—. Desapareció. Se fue cuando yo tenía quince años. Nadie supo por qué. Mi madre inventó la historia del accidente. Yo también la creí durante años.

Mi cabeza daba vueltas.

—¿Y ahora aparece aquí? ¿Por la noche? ¿A tocarte mientras duermo?

La vergüenza cruzó su rostro.

back to top