Por un segundo eterno, Laura dudó.
Podía salvarlo.
O podía simplemente… no hacer nada.
Nadie sabría si fue un fallo inevitable.
El monitor emitió un pitido continuo.
Asistolia.
Silencio eléctrico.
En ese mismo instante, la puerta del quirófano se abrió bruscamente. Una enfermera entró, pálida.
—Doctora… perdón… pero es urgente. Su hijo está afuera. Dice que vino con el hombre del accidente… y que ese hombre es su padre.
El mundo se fracturó.
Mateo nunca había visto a Diego.
Nunca le había contado su historia completa. Solo le decía que su padre vivía lejos.
Y ahora su hijo estaba allí.
Laura miró el corazón inmóvil entre sus manos.
Sintió que el pasado, el presente y el futuro se comprimían en ese segundo.
Entonces algo cambió.
No pensó en Diego.
Pensó en Mateo.
Pensó en el niño que merecía respuestas, no fantasmas.
—Desfibrilador. Ahora.
El equipo reaccionó al instante.
—Cargando… ¡listo!
—¡Descarga!
El cuerpo de Diego se arqueó levemente.
Nada.
—Otra vez. 200 julios.
—¡Descarga!
Una línea tembló en el monitor.
Pequeña. Inestable.
—Vamos… —susurró Laura casi sin voz.
Inició masaje cardíaco interno con precisión milimétrica. Medicación directa. Suturas rápidas para contener la hemorragia.
El monitor emitió un sonido distinto.
Un latido.
Luego otro.
Irregulares, pero presentes.
—Tenemos ritmo —confirmó el anestesista.
Un suspiro colectivo llenó el quirófano.
Laura continuó trabajando durante casi una hora más, reparando, estabilizando, asegurando cada detalle. Cuando finalmente cerró la incisión, sus manos estaban firmes. Su mente, clara.
Había elegido ser médica.
Y había cumplido.
Horas después, Diego fue trasladado a cuidados intensivos.
Laura se quitó la bata y salió al pasillo.
Mateo estaba sentado en una silla, balanceando los pies, abrazando su mochila. Al verla, corrió hacia ella.
—Mamá, ¿está bien?
Laura se arrodilló y lo abrazó con fuerza.
—Está vivo —respondió.
—Él me ayudó —dijo Mateo—. Mi bicicleta se rompió y casi me atropellan. Él me empujó y el coche lo golpeó a él.
El corazón de Laura se encogió.
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