—¿Dónde está? ¿Quién vive contigo?
Pero antes de que la niña pudiera responder, una voz femenina gritó desde dentro de la casa:
—¡LUCÍA! ¡Entra ahora mismo!
La niña se sobresaltó.
Miró a Martín por última vez y susurró:
—No digas que te conté… si no, se enojan.
Y corrió hacia el interior.
La puerta se cerró de golpe.
Martín quedó inmóvil bajo la lluvia, mirando la casa oscura.
Su hijo.
Después de un año…
¿Estaba ahí?
Su cuerpo reaccionó por instinto. Corrió hacia la puerta y golpeó con fuerza.
Nadie respondió.
Volvió a golpear.
Silencio.
Intentó abrir, pero estaba cerrada con llave. Miró las ventanas: todas cubiertas con cortinas gruesas.
Entonces escuchó algo.
Un llanto.
Débil.
Lejano.
Un sonido que le heló la sangre.
Porque reconocería ese llanto entre mil.
Era Leo.
—¡Leo! —gritó desesperado.
Pero en ese instante, alguien apagó las luces dentro de la casa.
El llanto cesó.
Y Martín sintió, por primera vez en todo el año, algo peor que el dolor:
Miedo.
Alguien sabía que él estaba allí.
Y no querían que volviera.
Sacó el teléfono para llamar a la policía, pero al levantar la vista, vio una silueta observándolo desde la ventana del segundo piso.
Una figura adulta.
Inmóvil.
Como vigilándolo.
Martín retrocedió lentamente.
No podía entrar solo. Necesitaba ayuda. Necesitaba hacerlo bien para no poner en peligro a su hijo.
Pero cuando dio media vuelta para buscar señal y llamar, escuchó detrás de él la voz de la niña otra vez, casi en un susurro:
—Señor…
Se giró.
La niña estaba en la ventana, temblando.
Y dijo algo que le heló la sangre.
—Si vuelve mañana… tal vez ya no esté.
La cortina se cerró.
Y Martín entendió que tenía solo una noche para salvar a su hijo.
Sin saber que lo que descubriría dentro de esa casa era mucho peor que un simple secuestro.
Y que alguien muy cercano a él… estaba involucrado.
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