—No fue por el remedio.
Alejandro frunció el ceño.
—Entonces ¿qué fue?
La anciana observó a Sofía abrazada a Lupita.
Y respondió algo que ninguno de los hombres entendió realmente en ese instante.
—Fue porque por primera vez alguien la miró sin querer corregirla.
El silencio cayó entre todos.
Pero Federico ya no escuchaba.
Porque mientras la anciana hablaba…
él observaba discretamente las plantas secándose colgadas junto a la ventana.
Las botellas.
Las mezclas.
Las hierbas.
Y en su cabeza ya estaba naciendo algo monstruoso.
Algo que ni Alejandro alcanzaba todavía a imaginar.
Porque Federico Balmaceda no pensaba en curar niños.
Pensaba en patentes.
Laboratorios.
Millones.
Y mientras Sofía repetía feliz la palabra “papá” una y otra vez…
la verdadera traición acababa de entrar silenciosamente en aquella vecindad humilde.
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