Pero en mi cabeza seguían sonando sus últimas palabras.
Yo… no quería molestar…
Me senté en una de las sillas de plástico del pasillo y me eché a llorar allí mismo, frente a todos. No un llanto bonito. No un llanto callado. De esos que salen feos, con mocos, con vergüenza, con el pecho apretado como si alguien te hubiera metido una piedra adentro.
Una enfermera joven se acercó a darme un vaso de agua. Tenía pecas, una voz suave y el tipo de compasión que una no merece pero igual recibe.
—Señora, tómelo despacio.
Yo agarré el vaso con las dos manos porque una sola no me dejaba de temblar.
—Yo iba a pegarle —le confesé, sin siquiera conocerla—. Subí con un palo. Yo creí que estaba dormida.
La enfermera no respondió enseguida. Miró hacia las puertas de urgencias y después volvió a verme.
—A veces el miedo hace que la gente se calle hasta cuando se está rompiendo por dentro —dijo.
No sé por qué esas palabras me dolieron tanto. Tal vez porque no hablaba solo de Mariana.
Hablaba de años enteros en mi casa.
De mi manera de mandar.
De la costumbre de confundir obediencia con amor.
Carlos no volvió a sentarse conmigo. Caminaba del muro a la ventana, de la ventana a la máquina de café, y de regreso al mismo punto. Cada vez que yo intentaba acercarme, él se apartaba medio paso. No hacía falta más para entenderlo.
Después de casi una hora, la doctora regresó. Dijo que Mariana estaba fuera de peligro por el momento. La palabra por el momento se me quedó pegada como espina.
—Perdió el embarazo —añadió—. Lo siento mucho.
Carlos cerró los ojos y soltó el aire como si le hubieran vaciado el cuerpo. Se apoyó contra la pared. Yo extendí la mano hacia él por costumbre, por madre, por reflejo. Pero no la tomó.
La doctora siguió hablando. Explicó términos médicos, niveles, transfusión, observación. Yo apenas entendía la mitad. Lo único que me atravesó completo fue otra frase.
—Por lo que encontramos, es probable que ya se sintiera mal desde ayer.
Desde ayer.
Desde la boda. Desde que yo la vi tocarse la espalda. Desde que la vi detenerse a respirar. Desde que la juzgué por frágil.
Carlos pasó ambas manos por su cara.
—Quiero verla.
Nos dejaron entrar de uno en uno. Él pasó primero. Yo me quedé afuera, oyendo el zumbido de las luces del hospital, el rechinar de una camilla a lo lejos y el olor áspero del desinfectante metiéndoseme hasta la garganta.
Cuando por fin me dejaron entrar, sentí miedo de verdad. No miedo a que me rechazara. Eso ya me lo merecía. Miedo a ver en sus ojos que me tenía razón para odiar.
Mariana estaba despierta, muy pálida, con una vía en el brazo y el cabello peinado hacia un lado por alguna enfermera. Se veía más joven. Más niña. Más ajena a la imagen de enemiga que yo misma le había fabricado en tan pocas horas.
Carlos estaba de pie junto a ella, sosteniéndole la mano con una delicadeza que me rompió todavía más.
Yo me quedé en la puerta.
—Mariana… —dije.
La voz se me partió en la primera sílaba.
Ella volvió despacio la cabeza hacia mí.
—Perdóname —solté—. Perdóname, por favor. Yo pensé… yo creí…
Me detuve porque ya no había frase que arreglara lo que había hecho.
La muchacha me miró largo rato. No con rabia. Ojalá hubiera sido rabia. La rabia al menos da pelea. Lo de ella era cansancio. Un cansancio viejo, hondo, como si llevara la vida entera pidiendo permiso para existir.
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