PARTE 2
Laura manejó detrás del coche rojo manteniendo distancia, repitiéndose que solo iba a devolver un peluche. Eso era todo. Un gesto amable. Una responsabilidad pequeña. Nada más.
Pero en el fondo sabía que se estaba mintiendo.
La imagen de Valentina escondida debajo del resbaladero no le salía de la cabeza. Tampoco aquella frase: “Aquí todos hablan bonito. En mi casa no.”
Rodrigo conducía demasiado rápido por avenidas cada vez menos transitadas. Pasaron tiendas de abarrotes, una farmacia, un puesto de tacos que apenas encendía su luz, y luego entraron a una zona más silenciosa, cerca de los límites de la ciudad, donde las casas se separaban unas de otras y los terrenos baldíos empezaban a mezclarse con árboles y caminos de tierra.
Laura apretó el volante.
—¿A dónde la lleva? —murmuró.
De pronto, el coche rojo se orilló junto a una entrada estrecha que daba hacia una zona arbolada. No era una casa. No era una calle principal. Era un camino oscuro, cubierto de ramas y maleza.
Laura estacionó unos metros atrás, escondiendo un poco su auto detrás de unos arbustos. Vio a Rodrigo bajar primero. Luego abrió la puerta trasera y tomó a Valentina de la mano.
La niña no quería caminar.
Laura respiró hondo, tomó el peluche y bajó.
—¡Señor Ríos! ¡Valentina!
Rodrigo volteó de golpe. Su cara cambió por completo. Ya no sonreía.
—¿Usted nos siguió?
Laura levantó el conejito gris.
—Valentina olvidó su peluche. Sé que para ella es importante.
La niña miró el muñeco con ojos brillantes, pero no se atrevió a acercarse. Rodrigo tomó el peluche de la mano de Laura y se lo dio a su hija casi con molestia.
—Gracias. Ya puede irse.
Laura miró alrededor. El aire olía a tierra húmeda. El sol ya caía y las sombras de los árboles se alargaban.
—Disculpe, ¿todo está bien? Es tarde para entrar con una niña a esta zona.
Rodrigo soltó una risa seca.
—Necesitaba hacer del baño. ¿También va a vigilar eso?
Laura se quedó callada. Sabía que Valentina había ido al baño antes de salir, como todos los niños de su grupo. Además, la pequeña no parecía inquieta ni desesperada. Parecía paralizada.
—Claro —respondió Laura, fingiendo calma—. Solo quería asegurarme.
—Pues ya se aseguró. Buenas noches.
Rodrigo tomó a Valentina con más fuerza y caminó hacia los árboles. La niña volteó una sola vez. Esa mirada fue suficiente para romperle el alma a Laura.
No se atrevió a seguirlos. No tenía pruebas. Si llamaba a la policía, ¿qué diría? ¿Que un padre llevó a su hija a hacer del baño al monte? Sonaría absurdo.
Volvió a su auto con las piernas temblorosas. Avanzó hasta una gasolinera cercana y se estacionó de forma que pudiera ver el camino. Decidió esperar. Si Rodrigo salía con Valentina, tal vez todo habría sido una mala interpretación.
Mientras esperaba, buscó en la base de datos de la guardería la dirección familiar. Se sorprendió al descubrir que la casa de Valentina estaba a menos de cinco minutos de ahí.
¿Por qué detenerse en esa zona si estaban tan cerca de casa?
Buscó también los perfiles públicos de Rodrigo y Ana Lucía. Casi no había fotos. En las pocas imágenes donde aparecía Valentina con su padre, la niña no sonreía. Ana Lucía, la madre, apenas aparecía en publicaciones recientes.
Laura sintió frío.
Compró un café y una concha en la tienda de la gasolinera, pero al salir vio pasar el coche rojo a toda velocidad.
Corrió a su auto.
Por unos segundos no supo hacia dónde ir. Luego escribió en el GPS la dirección de la familia. Si Rodrigo iba a casa, ella llegaría detrás.
Cuando entró a la calle, vio el coche rojo estacionado frente a una casa blanca de dos pisos. Laura aparcó a varias casas de distancia, apagó las luces y bajó un poco la ventana.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Entonces escuchó un golpe seco. Después, un vidrio rompiéndose.
Laura dejó caer el café.
Una voz de mujer atravesó la noche:
—¡Rodrigo, por favor! ¡No delante de la niña!
Laura sacó el celular con manos temblorosas y empezó a grabar. Por la ventana de la casa vio una sombra moverse. Luego las cortinas se cerraron de golpe.
Pero antes de que la tela cubriera todo, Laura alcanzó a ver algo que la dejó sin aire: una silueta levantando un bate.
Marcó al 911.
Y justo cuando la operadora contestó, la puerta principal de la casa se abrió.
Rodrigo salió solo, furioso, con una marca roja en el brazo y la mano metiéndose lentamente hacia el interior del coche.
Laura entendió que la verdad estaba a punto de explotar… y que si la policía no llegaba en segundos, alguien podía morir.
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