Entré a robar una casa en Coyoacán y encontré a una niña ciega amarrada a una silla.

Entré a robar una casa en Coyoacán y encontré a una niña ciega amarrada a una silla.

Esa palabra, en su boca, sonó peor que cualquier grosería.

El hombre me agarró de la chamarra. Jaló tan fuerte que casi se me sale Milagros de los brazos. Le metí la navajita en el muslo, no profundo, pero suficiente para que aullara y me soltara.

Subí por una escalera angosta sin saber a dónde iba.

Milagros se aferró a mi cuello.

—Arriba está la azotea —susurró—. Hay un tinaco. A la izquierda huele a pan.

—¿A pan?

—Sí. En la mañana.

Me tragué el dolor y seguí. Detrás de nosotras, Lidia venía gritando que me iba a matar. El hombre maldecía con una voz ronca, golpeando las paredes.

Llegamos a la azotea.

La noche de Coyoacán estaba húmeda y azulosa. Desde ahí se veían techos viejos, cables, tinacos negros, ropa colgada, bugambilias trepadas sobre bardas. Más lejos, una campana sonó como si el barrio siguiera rezando aunque en esa casa viviera el diablo.

Busqué salida.

A la derecha había un patio con un perro enorme que empezó a ladrar apenas nos sintió. A la izquierda, una barda baja y del otro lado una luz amarilla.

Pan.

Milagros tenía razón.

—Te voy a pasar —le dije.

—No veo.

—Yo sí.

—¿Te vas a ir?

La pregunta me dolió más que el tobillo, más que el tirón en la espalda, más que el hambre.

—No.

—Todos dicen eso.

No tenía tiempo para prometerle el mundo.

Le tomé la cara con una mano.

—Yo entré a robar, Milagros. Soy muchas cosas feas. Pero ahorita te juro por mi madre, aunque esa vieja nunca sirvió para nada, que no te voy a dejar.

La niña asintió.

La subí a la barda. Brinqué después, caí del otro lado sobre unos costales y sentí una punzada brutal en el tobillo. Apreté los dientes para no gritar. Estiré los brazos y recibí a Milagros contra el pecho.

Rodamos las dos sobre harina.

Una puerta se abrió.

Un viejo con mandil blanco apareció sosteniendo una charola de conchas. Se quedó mirándonos como si hubiéramos caído del cielo.

—¿Qué carajos…?

—Ayúdenos —dije sin aire—. La quieren vender.

El viejo miró a Milagros.

Miró la cuerda todavía colgándole de una muñeca.

No preguntó nada.

Dejó la charola en una mesa y cerró la puerta con una tranca de metal.

—Métanse atrás del horno.

—Nos van a seguir.

—Que sigan.

Sacó un rodillo grueso, más grande que mi brazo.

—Yo nací en Tepito, mija. No me asustan dos mugrosos con tacones.

Casi me reí, pero el miedo no me dejó.

Afuera se escuchó el golpe contra la barda.

—¡Ábreme, Eusebio! —gritó Lidia—. ¡Esa ratera se llevó a mi hija!

El viejo, Eusebio, se acercó a la puerta.

—Aquí no hay nadie.

—¡No te metas!

—Ya me metí.

El hombre golpeó la lámina.

—Abre, viejo, o te quemo el local.

Eusebio levantó el rodillo.

—Primero baja la panza por la barda, cabrón.

Yo saqué mi celular. No sabía cuándo había marcado, pero la llamada estaba activa. Una voz de mujer repetía:

—Emergencias, ¿me escucha? ¿Puede indicar su ubicación?

Le pasé el teléfono a Eusebio con manos temblorosas.

—Diga la dirección. Yo no sé ni dónde estoy.

Él la dijo rápido. Una calle cerca de Francisco Sosa, una panadería vieja, portón azul, barda con bugambilias. Luego habló más fuerte.

—Hay una niña reportada como desaparecida. La tienen secuestrada. Vengan ya.

Milagros se escondió detrás de mí.

—¿Me van a llevar a un lugar con camas de fierro?

—No sé —dije.

—Ahí lloraban muchos niños.

Me quedé fría.

Eusebio también.

—¿Qué lugar? —pregunté.

Milagros apretó su cobija.

—Uno donde nos cambiaban el nombre. A mí me decían Lucía cuando iba la señora del cuaderno.

Lidia gritó otra vez afuera.

—¡Milagros, sal! ¡Si sales ahorita, te perdono!

La niña se tapó los oídos.

Yo me agaché frente a ella.

—Escúchame. Esa mujer no manda aquí.

—Sí manda. Siempre manda.

—Aquí no.

—¿Y tú sí?

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