PARTE 2
El magnate no podía apartar la vista del pequeño. Esos ojos eran el mismo espejo en el que Rodrigo se miraba cada mañana, pero en el rostro infantil de este niño aún no existía la crueldad de la ambición desmedida.
“¿Eres de los que vienen a cobrar?”, preguntó el niño con desconfianza, agarrando el marco de la puerta con fuerza, demostrando que estaba demasiado acostumbrado a defenderse de los extraños.
La palabra “cobrar” se le atoró a Rodrigo en la garganta como 1 trago de tequila con vidrios rotos. Él no venía a cobrar, él había sido el huracán despiadado que destrozó la vida de Carmen y la dejó en la ruina total.
“¿Está tu mamá aquí adentro?”, logró articular Rodrigo, con 1 voz rota y temblorosa que no reconocía como suya.
El niño dudó 1 segundo antes de responder, bloqueando la entrada con su pequeño cuerpo. “Está descansando. Está muy cansada”.
“¿Cómo te llamas, mijo?”, preguntó el hombre millonario, sintiendo que el pecho le iba a estallar de la presión.
“Leo”, respondió el niño, enderezándose con orgullo. “Tengo 8 años”.
Los números encajaban en la cabeza de Rodrigo como los clavos fríos de 1 ataúd. Hacía exactamente 9 años que había echado a Carmen a la calle bajo 1 lluvia torrencial. Esa noche maldita, cegado por el orgullo y unos celos enfermizos provocados por 1 chisme barato de la alta sociedad, la acusó de serle infiel con su mayor rival de negocios. “Si te vas a portar como 1 cualquiera, lárgate de mi casa”, le había gritado Rodrigo frente al personal de servicio, arrojándole 1 fajo de billetes a la cara mientras ella lloraba desconsolada. Carmen se fue esa misma noche sin llevarse 1 solo centavo, guardando 1 secreto que cambiaría el universo de Rodrigo para siempre.
“Te ves pálido, señor”, le dijo Leo, interrumpiendo sus oscuros recuerdos. “Voy a despertar a mi mamá”.
Rodrigo quiso detenerlo, pero 1 voz sumamente débil, casi como 1 suspiro áspero, salió del interior lúgubre de la cabaña. “¿Leo? ¿Quién está ahí afuera?”.
Rodrigo cerró los ojos con fuerza. Era la voz de su Carmen, pero sonaba acabada, como si el dolor puro la hubiera lijado hasta los huesos.
Carmen apareció en el marco de la puerta cojeando, apoyando todo el peso de su cuerpo esquelético en 1 viejo bastón de madera y en la pared de adobe astillado.
Rodrigo sintió 1 golpe brutal en el estómago; estaba completamente irreconocible. Su cabello, antes negro y brillante, ahora estaba opaco y lleno de canas prematuras. Pero sus ojos seguían siendo los mismos.
Al verlo, no hubo sorpresa ni histeria en su rostro demacrado, solo 1 cansancio aplastante. “Rodrigo”, dijo ella. Su nombre pronunciado en esos labios resecos no fue 1 saludo, fue 1 sentencia de culpabilidad absoluta.
Leo los miró intrigado. “¿Lo conoces, amá?”.
Carmen apretó los nudillos contra el bastón. “Sí. Métete a calentar agua en la estufa, por favor”. El niño obedeció a regañadientes, dejándolos solos con 9 años de rencor latiendo en el aire denso y caliente de la sierra oaxaqueña.
“Recibí tu carta”, balbuceó Rodrigo, perdiendo por completo su postura de hombre de negocios intocable y arrodillándose casi por instinto. “¿Por qué ahora, Carmen? ¿Por qué después de 9 años?”.
Ella miró hacia adentro para asegurarse de que Leo no escuchara y soltó la verdad de golpe, sin anestesia: “Porque se me está acabando el tiempo”.
Las palabras lo golpearon con la fuerza de 1 accidente a alta velocidad. Rodrigo miró aterrorizado la silla de ruedas oxidada. “¿Qué tienes?”.
“Cáncer”, respondió ella sin 1 gota de piedad ni lágrimas. “Fase 4. Metástasis en los huesos. Me quedan 2 meses, tal vez 3 si tengo suerte”.
Rodrigo sintió que la tierra seca se abría bajo sus zapatos italianos. “¡No! ¡Tienes que ir a la Ciudad de México, te llevaré a Houston con los mejores especialistas! Yo pago lo que cueste, tengo 1 fortuna…”.
“Tú perdiste todo el derecho a dar órdenes y solucionar las cosas con tu maldita cartera hace 9 años”, lo cortó ella en seco, con 1 dignidad inquebrantable que lo hizo sentir minúsculo.
Él tragó saliva, profundamente humillado. La cabaña olía a humedad, el techo de lámina tenía agujeros y había 1 frasco de cristal lleno de monedas junto a 1 enorme pila de recibos médicos sin pagar. Su propio hijo, el heredero de 1 imperio, vivía en la miseria absoluta.
“¿Él es mi hijo?”, preguntó Rodrigo con 1 nudo en la garganta.
“Biológicamente, sí”, respondió ella con frialdad.
“¿Por qué me lo ocultaste? ¡Tenía derecho a saberlo!”.
Leave a Comment