UN JOVEN RECIÉN SALIDO DEL SERVICIO MILITAR DETUVO SU CABALLO AL VER A UNA MUJER EMBARAZADA Y A DOS NIÑOS TAPANDO CON BARRO LOS HUECOS DE SU CASA… PERO LO QUE LO HIZO BAJARSE NO FUE LA ESCENA, SINO LA PREGUNTA DE LA MUJER: “¿SABE SI MI ESPOSO SIGUE VIVO O YA MURIÓ?”

UN JOVEN RECIÉN SALIDO DEL SERVICIO MILITAR DETUVO SU CABALLO AL VER A UNA MUJER EMBARAZADA Y A DOS NIÑOS TAPANDO CON BARRO LOS HUECOS DE SU CASA… PERO LO QUE LO HIZO BAJARSE NO FUE LA ESCENA, SINO LA PREGUNTA DE LA MUJER: “¿SABE SI MI ESPOSO SIGUE VIVO O YA MURIÓ?”

PARTE 2

La pregunta de Valeria seguía rebotando en mi cabeza mientras el caballo avanzaba, como si cada paso la repitiera más fuerte. “¿Sabe si mi esposo sigue vivo o ya murió?” No era una pregunta… era una herida abierta que acababa de cargar conmigo.
Detrás de nosotros, la casa de barro se hacía pequeña, pero el peso que me llevé era cada vez más grande. Valeria no hablaba. Solo sostenía a Sofía contra su pecho mientras el niño Mateo caminaba adelante, mirando el suelo como si ya supiera que el mundo no da respuestas fáciles. El silencio entre nosotros no era paz, era espera.
Yo había visto demasiadas cosas en el servicio militar como para no reconocer ese tipo de silencio. El de las familias que aún creen que alguien va a volver, aunque el papel diga otra cosa. El de los nombres que aparecen en listas donde nadie quiere mirar dos veces.
Raúl… ese nombre no me era ajeno.
No lo dije en voz alta.
Pero lo había visto.
En un informe viejo, doblado, con manchas de polvo y tinta corrida. “Desaparecido en combate”. Sin cuerpo. Sin cierre. Solo esa palabra que no significa nada y significa todo al mismo tiempo.
Tragué saliva mientras ajustaba las riendas. El caballo resopló, inquieto, como si también sintiera el peso de lo que no se dice.
Valeria me miró de reojo.
—Usted sabe algo… ¿verdad? —preguntó sin levantar la voz.
No respondí.
Porque responder era abrir una puerta que ya no se podía cerrar.
El camino se volvió más estrecho. Los matorrales más altos. Y por un instante sentí que no estábamos solos. Algo… o alguien… nos seguía desde la distancia. Un movimiento rápido entre los árboles. Un brillo metálico que desapareció en segundos.
Mateo también lo notó.
—¿Quién es ese? —susurró.
Miré de frente.
—Nadie —mentí.
Pero la mentira me raspó la garganta.
Cuando el sol empezó a caer, llegamos a un cruce abandonado. Un viejo puesto militar, oxidado, casi borrado por el tiempo. Y ahí fue cuando lo vi.
Un símbolo.
No oficial. No público.
Uno que solo reconocen los que estuvieron adentro.
Valeria bajó del caballo sin soltar a su hija. Sus manos temblaban más fuerte ahora.
—Dígamelo… aunque sea poco —insistió—. Necesito saber si lo espero o si lo entierro en mi cabeza.
Yo abrí la boca… pero el sonido de un motor cortó el aire.
Detrás del cruce.
Lento.
Pesado.
Acercándose.
Un vehículo militar.
Y en la parte frontal… una insignia que no debería estar aquí.
Valeria dio un paso atrás sin entender.
Mateo se quedó quieto.
Y yo supe, antes de verlo siquiera de frente, que esa respuesta que ella llevaba meses esperando… acababa de llegar hasta nosotros.
El vehículo se detuvo a unos metros.
La puerta se abrió.
Y el hombre que bajó… no me miró a mí primero.
Miró a Valeria.
Como si ya supiera su nombre.

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