PARTE 2
Su susurro todavía estaba flotando en mi cabeza cuando el sacerdote volvió a hablar, pero yo ya no estaba escuchando la ceremonia… estaba escuchando el silencio extraño que dejó esa frase en mi pecho, como si alguien hubiera apagado el aire dentro de la iglesia.
“Solo aguanta hasta el ‘sí’…”
Giré apenas la cabeza hacia ella, esperando ver miedo, confusión, algún signo de que había sido una alucinación provocada por la presión del momento. Pero Lucía no me miraba como una víctima. Sus manos seguían temblando, sí… pero sus ojos no. Había una calma incómoda, casi quirúrgica, como si cada persona en esa iglesia estuviera exactamente donde ella quería que estuviera.
Y eso fue lo primero que no encajó.
Don Ernesto seguía en primera fila, inclinado hacia adelante, disfrutando cada segundo como si ya hubiera ganado. Cuando nuestras miradas se cruzaron, su sonrisa volvió… pero no duró. Apenas un instante. Porque también él la había escuchado.
—Declaren su consentimiento… —dijo el sacerdote.
La iglesia entera parecía esperar mi caída.
Yo debía decir sí. Debía terminar esto. Debía hundirme.
Pero antes de que abriera la boca, Lucía dio un paso mínimo hacia mí. Solo uno. Nadie más lo notó. Solo yo.
—No lo hagas todavía —susurró sin mover los labios—. Si lo haces ahora, él gana.
Tragué saliva.
—¿Quién eres tú? —murmuré apenas.
Su mirada se desvió un segundo hacia Don Ernesto. Y en ese segundo entendí algo peor que el engaño: ella lo estaba midiendo. Como si lo conociera demasiado bien.
—No soy la mujer que te dijeron —respondió—. Y tampoco eres el objetivo real.
El ruido de la iglesia volvió de golpe, como si alguien hubiera subido el volumen del mundo. Murmullos, risas nerviosas, flashes. Pero entre todo eso, vi a Ernesto levantarse despacio. Demasiado despacio. Como si por primera vez no supiera qué venía después.
—Mateo Herrera… —dijo un empresario desde atrás—, firme ya, esto es ridículo.
Pero Lucía levantó apenas la mirada hacia el público.
Y el silencio volvió a caer.
—Ellos creen que esto es una humillación —dijo ella, ahora sí con un hilo de voz más firme—. Pero esta boda no es el castigo… es la cerradura.
Sentí un golpe en el estómago.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté.
Ella no respondió de inmediato. Solo deslizó algo en mi mano: un pequeño objeto frío, metálico, que no había visto antes.
—Porque cuando digas “sí”… no te vas a casar conmigo, Mateo.
Su respiración se cortó un segundo.
—Te vas a entregar a algo que tu padrastro ha estado construyendo desde antes de la muerte de tu padre.
Don Ernesto dio un paso hacia el altar.
Y por primera vez, su voz salió sin control:
—¡CÁLLATE!
Lucía no se inmutó.
Solo me miró otra vez, más cerca, como si ya no hubiera vuelta atrás.
—Y lo peor… —susurró— es que tu padre no murió en esa curva por accidente.
En ese instante, las puertas de la iglesia se cerraron solas con un golpe seco.
El sacerdote retrocedió.
Y alguien detrás de mí apagó las luces del altar.
Oscuridad total.
Solo se escuchó una cosa:
los pasos de Ernesto acercándose… demasiado rápido.
Y la voz de Lucía, ahora justo en mi oído, terminó lo que empezó:
—Di “sí”, Mateo… o nunca vas a salir vivo de esta iglesia.
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