LLEGAR A CASA Y VER A MI MARIDO DURMIENDO EN EL SILLÓN ESPERÁNDOME CON LA CENA FRÍA, MIENTRAS YO CORRÍA A LA DUCHA PARA SACARME EL PERFUME DE OTRO HOMBRE.

LLEGAR A CASA Y VER A MI MARIDO DURMIENDO EN EL SILLÓN ESPERÁNDOME CON LA CENA FRÍA, MIENTRAS YO CORRÍA A LA DUCHA PARA SACARME EL PERFUME DE OTRO HOMBRE.

PARTE 2

No dormí nada esa noche.

Me quedé sentada en la cama mirando el techo como si ahí arriba hubiera una explicación que pudiera ordenar lo que yo misma había desordenado. Cada vez que cerraba los ojos, no aparecía lo que hice… aparecía Andrés durmiendo en el sillón, con la comida fría al lado, esperándome como si yo todavía fuera la misma persona de siempre. Esa imagen no se borraba, se repetía, como un eco que no se cansa.

A la mañana siguiente la casa estaba en silencio, pero no ese silencio cómodo de los días tranquilos. Era otro. Más denso. Más consciente.

Andrés ya estaba despierto. Lo supe por el olor del café. Ese café que siempre hace igual, sin exagerar, sin cambiar nada, como si la vida pudiera mantenerse estable si uno repite los mismos gestos todos los días.

Cuando entré a la cocina lo vi de espaldas. Estaba acomodando dos tazas. La suya y la mía. Como siempre.

—Buenos días —dijo sin voltearse del todo.

Su voz no tenía nada raro. Nada roto. Eso fue lo peor.

—Buenos días… —respondí, y sentí cómo la palabra me raspaba por dentro.

Me sirvió café. Lo puso frente a mí. Se sentó.

Hubo un segundo de silencio normal. Ese tipo de silencio que antes no me pesaba. Pero ahora cada segundo era un golpe.

—¿Dormiste bien ayer? —preguntó.

No era una pregunta complicada. Era una pregunta cotidiana. Pero en mi cabeza sonó como algo enorme, como si me estuvieran pidiendo que explicara todo lo que hice desde que salí del trabajo hasta que llegué a casa.

Tragué saliva.

—Sí… trabajo pesado —mentí otra vez, como si la mentira ya fuera un reflejo.

Andrés asintió lento. No insistió. Nunca insiste. Esa es su forma de ser. Te deja espacio. Te deja respirar. Te deja ser.

Y eso, en ese momento, me hizo sentir peor.

Porque yo no merecía ese espacio.

Vi sus manos alrededor de la taza. Manos tranquilas. Firmes. Manos que no saben lo que cargan encima.

Quise decir algo. Cualquier cosa. Una frase que rompiera esto antes de que creciera más dentro de mí. Pero no pude. El café me supo amargo desde el primer sorbo.

Él se levantó primero.

—Hoy llego tarde —dijo— tengo junta.

—Yo también —respondí rápido, demasiado rápido.

Me miró apenas un segundo más de lo normal. No fue una mirada acusadora. Fue algo más sutil. Como si estuviera tratando de entender un ruido de fondo que apenas se escucha.

Luego salió.

Y cuando la puerta se cerró, la casa se volvió más pesada.

Me quedé sola con la taza en la mano. El café ya estaba frío antes de terminarlo.

En el baño, me miré al espejo sin querer hacerlo. Tenía ojeras. La piel apagada. Y algo más difícil de ver… una especie de desconexión. Como si la persona que me devolvía la mirada no fuera del todo yo.

El perfume de anoche ya no estaba en mi piel, pero yo todavía lo sentía. No como olor, sino como marca.

Me metí a la ducha otra vez, aunque ya me había bañado. El agua caliente no servía para nada más que para darme la ilusión de que estaba haciendo algo para arreglarlo. Me quedé ahí más tiempo del necesario, viendo cómo el vapor cubría el espejo hasta borrarlo todo.

Pero lo que no se borra es la cabeza.

En el trabajo todo fue peor.

No porque alguien dijera algo, sino porque él estaba ahí.

Sergio.

El mismo que me había hablado durante semanas como si cada palabra fuera casual, como si nada estuviera cargado de intención. El mismo que ayer cruzó conmigo una línea que ninguno de los dos detuvo.

Cuando lo vi en el pasillo, no sonrió. Solo me miró un segundo, como si midiera algo. Y siguió caminando.

Esa indiferencia me dio un golpe extraño. Como si lo que pasó no hubiera sido importante para él… solo para mí.

Y eso me dejó aún más vacía.

No hablamos en todo el día. Pero cada vez que lo veía cerca, sentía la misma incomodidad pegada a la piel.

Al mediodía, mi teléfono vibró.

Un mensaje de Andrés.

“Hoy hice sopa. La dejé lista por si llegas cansada. Cuídate.”

Leí el mensaje tres veces.

No había reclamo. No había sospecha. No había nada que me obligara a enfrentar lo que soy.

Solo cuidado.

Solo normalidad.

Y esa normalidad era insoportable.

Pensé en no responder. Luego respondí un simple “gracias”. Dos palabras inútiles para alguien que está empezando a romperse por dentro.

Esa noche llegué más temprano de lo habitual. No por decisión, sino porque no podía seguir en ningún otro lugar.

La casa estaba igual. Limpia. Ordenada. Estable.

Andrés estaba en la sala. Esta vez despierto.

—Llegaste temprano —dijo.

—Sí… hoy terminé antes.

Otra mentira. Otra más. Ya no las contaba. Solo salían.

Él asintió.

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