La anciana se acercó.
—Los hombres que dicen eso suelen ser los primeros en romper todo.
Él sacó una fotografía doblada de su cartera.
Era de su boda.
Elena sonreía con los ojos mojados, abrazada a él bajo una lluvia de arroz.
La anciana la tomó.
Su expresión cambió apenas.
No se ablandó.
Pero algo se movió.
—Ella guardó una igual —murmuró.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Dónde está?
Inés no respondió.
Desde fuera llegó un ruido de motor.
Luego otro.
Luego varios.
La anciana se puso rígida.
Alejandro se acercó a una rendija de la puerta.
Tres camionetas negras subían por el camino principal.
No eran de la comunidad.
No eran médicos.
No eran turistas.
Hombres con botas bajaron de ellas y empezaron a hablar con la gente, señalando casas, tomando fotos, marcando puertas con pintura roja.
El corazón de Alejandro golpeó una vez.
Fuerte.
—Llegaron antes —susurró Inés.
—¿Quiénes son?
—Los que vienen a limpiar el terreno.
Alejandro vio a un hombre alto bajar de la última camioneta.
Camisa blanca.
Sombrero claro.
Lentes oscuros.
No necesitó verle el rostro completo para reconocerlo.
Era Darío Mendoza.
El antiguo operador político de su suegro.
El hombre que había estado en el funeral de Elena.
El hombre que lo abrazó junto a la tumba vacía y le dijo:
“Resígnate, hijo. Hay dolores que Dios no explica.”
Alejandro sintió que el odio le subía por la garganta.
—¿Dónde están Elena y Nicolás?
Inés lo tomó del brazo.
—Si de verdad los ama, no salga.
Pero ya era tarde.
En la parte alta del pueblo, junto a una casa de adobe con techo remendado, una mujer apareció en la puerta.
Llevaba un rebozo oscuro.
El cabello trenzado.
El rostro pálido de terror.
A su lado, un niño pequeño se aferraba a su falda.
Alejandro dejó de respirar.
Elena.
Nicolás.
El niño levantó la cara hacia los hombres armados, confundido.
Elena lo empujó suavemente hacia atrás, intentando esconderlo dentro de la casa.
Pero Darío Mendoza ya la había visto.
Sonrió.
Una sonrisa lenta.
Cruel.
Como si hubiera encontrado algo que llevaba años esperando.
Alejandro abrió la puerta de la capilla.
Inés intentó detenerlo.
—No.
Él salió.
El sol lo golpeó de frente.
Dio un paso hacia la calle de piedra.
Luego otro.
Los hombres de Darío se giraron.
Elena lo vio.
Y en su rostro no hubo alivio.
Hubo pánico.
Alejandro caminó hacia ella con el corazón destrozado, mientras Darío se quitaba los lentes oscuros y sonreía como quien acaba de cerrar una trampa.
—Vaya, vaya —dijo Darío, alzando la voz para que todo el pueblo escuchara—. El viudo por fin vino a conocer a la muerta.
Elena abrazó a Nicolás contra su pecho.
Alejandro se detuvo a mitad de la calle.
Darío señaló al niño.
—Y también vino a conocer al bastardo que nunca debió nacer.
Algo se rompió en Alejandro.
No fue la rabia.
No fue el miedo.
Fue la última parte de él que todavía creía que el poder servía para protegerlo.
—Cuida tus palabras —dijo Alejandro.
Darío soltó una carcajada.
—¿O qué? ¿Vas a denunciarme con los mismos jueces que firmaron tus papeles? ¿Con los notarios que compramos? ¿Con los policías que escoltaron tu duelo?
El pueblo entero quedó en silencio.
Elena negó con la cabeza, suplicándole sin hablar que no avanzara más.
Pero Alejandro no apartó la mirada de Darío.
—Gracias —dijo.
Darío frunció el ceño.
—¿Gracias?
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