PARTE 2
Desperté en una cama de hospital con la garganta seca y el cuerpo destrozado. Lo primero que vi fue a Diego sentado a mi lado, llorando como jamás lo había visto llorar.
Mi corazón se detuvo.
Pensé que Camila no había sobrevivido.
Intenté hablar, pero apenas salió un sonido. Diego me tomó la mano y empezó a besarme los dedos.
—Están bien —me dijo entre sollozos—. Las dos están bien.
En ese momento entró una enfermera con una bebé envuelta en una cobijita rosa. Cuando la puso sobre mi pecho, el mundo entero se calló. Camila era tan pequeña, tan caliente, tan perfecta, que por unos segundos olvidé el miedo.
Pero después todo volvió.
El baño. La puerta cerrada. Mi celular en manos de Doña Elena.
Diego me contó que me encontró porque Sofía notó que yo no regresaba. Le pareció raro, porque antes le había dicho que me sentía mal. Diego subió corriendo, escuchó un golpe débil y tuvo que llamar a un empleado del salón para abrir la puerta.
Me encontraron desmayada, tirada en el piso, con contracciones fuertes y sangre en el vestido.
Doña Elena confesó todo ahí mismo, pero no por arrepentimiento. Lo hizo porque Diego la enfrentó frente a todos.
Valeria llegó al hospital todavía con su vestido de novia. Andrés venía con el traje arrugado y Sofía con el maquillaje corrido. Yo esperaba enojo, reclamos, cualquier cosa.
Pero Valeria entró llorando y me abrazó con cuidado.
—Perdóname —me dijo—. Perdóname por no haber visto hasta dónde podía llegar mi mamá.
Yo empecé a disculparme por haber arruinado su boda, pero ella me tapó la boca con la mano.
—No arruinaste nada. Mi sobrina nació el día de mi boda. Ese fue el regalo más hermoso.
Me quebré.
Por primera vez sentí que esas mujeres sí eran mi familia.
Mientras tanto, Doña Elena estaba afuera del cuarto exigiendo entrar a conocer a “su nieta”. Diego salió y le dijo algo que jamás pensé escuchar:
—Usted no es abuela de mi hija. No después de lo que hizo.
Ella gritó, lloró, dijo que todo lo había hecho por Valeria. Que ninguna novia merece que una embarazada le robe las miradas. Que ella, como madre, solo quiso proteger el día más importante de su hija.
Entonces Valeria abrió la puerta.
Tenía el velo en la mano y los ojos llenos de rabia.
—No te atrevas a usarme como excusa —le dijo—. Marisol estuvo ahí porque yo se lo pedí. La única que arruinó mi boda fuiste tú.
Doña Elena se quedó muda por primera vez.
Diego habló de poner una denuncia. Yo estaba agotada, con una recién nacida en brazos y el cuerpo todavía temblando. Una parte de mí quería justicia. Otra, más confundida, pensaba que tal vez, por ser familia, debíamos dejarlo pasar.
Pero una semana después, Doña Elena apareció a la una de la mañana en nuestra casa.
Golpeaba la puerta como loca.
—¡Ábranme! ¡Quiero ver a mi nieta! ¡No pueden quitármela!
Me encerré en el cuarto con Camila mientras Diego la amenazaba con llamar a la policía. Al día siguiente mandó un mensaje larguísimo al grupo familiar.
Ahí fue cuando descubrimos la verdadera razón.
No era Valeria. No era la boda. No era el protagonismo.
Era algo mucho más enfermo.
Y cuando Diego leyó el último párrafo en voz alta, todos entendimos que esto apenas iba a ponerse peor…
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