PARTE 2
La comida siguió, pero ya no fue comida: fue teatro. Mi tía Patricia fingía hablar de los chiles en nogada, mi abuela movía la cabeza como si rezara por dentro y mi papá caminaba por la sala con la sonrisa rota. Nadie se atrevió a preguntarme nada mientras hubiera invitados, pero todos sabían que algo se había quebrado.
Cuando el último primo se fue, mi mamá cerró la puerta y dijo:
—Diego, siéntate.
Me senté en el sillón. Mateo se quedó junto al comedor. Papá estaba junto a la ventana, con las manos en los bolsillos.
—¿Por qué lo llamaste “señor Roberto”? —preguntó mi mamá.
—Es una forma respetuosa de hablarle a un adulto.
—Es una forma de tratarlo como extraño.
Miré a papá. Tenía los ojos rojos.
—¿Qué te hice? —preguntó—. Llevo años intentando acercarme y tú me miras como si no fuera nadie.
—Lo miro como lo que es para mí.
—¿Y qué soy?
—Un hombre que vive en mi casa.
Mi mamá soltó un sonido pequeño, como si le hubieran pegado. Mateo bajó la mirada. Papá no dijo nada.
—Diego —insistió mi mamá—, esto empezó cuando tenías catorce. No me digas que no. Un día eras un niño que esperaba a su papá en la puerta, y al siguiente te volviste hielo. ¿Qué pasó?
—Nada.
—Mentira.
Me levanté.
—Me voy a Monterrey en cinco días. Ya no importa.
—Claro que importa —dijo ella—. Esta familia se está cayendo y nadie quiere decir por qué.
Entonces Mateo habló, casi en susurro:
—Fue después de mi final en Toluca, ¿verdad?
Papá volteó de golpe. Algo le cruzó la cara. Un recuerdo. Un miedo.
—¿Qué final? —preguntó mamá.
—La regional —dijo Mateo—. Diego me dijo una vez que solo le estaba dando a papá lo que él quería.
Mi papá palideció.
—Roberto —dijo mi mamá—. ¿Qué pasó ese día?
—No sé —respondió él demasiado rápido—. Fue hace años.
—Piensa.
—Laura, había muchos papás, no puedo recordar cada conversación.
—No te pregunté cada conversación. Te pregunté la que convirtió a tu hijo en un desconocido.
Papá se frotó la cara. Yo noté que sí recordaba. Tal vez no cada palabra, pero sí el lugar exacto donde había enterrado el cuchillo.
Subí a mi cuarto antes de quebrarme. Cerré la puerta y me senté en el piso. Diez minutos después, escuché pasos. Era mi mamá.
—Ábreme.
Abrí. Ella entró con una libreta vieja en las manos. Mi libreta. La de secundaria. La que yo creí perdida.
—La encontré en una caja de tus cuadernos —dijo, con la voz temblando—. Había una página doblada.
Sentí que se me iba la sangre.
Ella no la leyó. Solo me miró.
—Abajo. Ahora. Tu papá también va a escuchar esto.
Y cuando bajé a la sala y vi a Roberto sentado frente a esa libreta abierta, entendí que nadie iba a poder detener lo que venía.
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