PARTE 2
Cuando abrí la puerta de la casa de mis papás, mi mamá dejó caer la cuchara dentro de la olla de mole. Mi papá se quedó con la tortilla en la mano. Daniela, que venía entrando detrás de mí, ni siquiera me saludó al principio porque no supo quién era.
—¿Mariana? —preguntó mi mamá, como si hubiera visto un fantasma.
Yo sonreí.
Había bajado mucho de peso, sí, pero eso no era lo único. Me había cortado el cabello en capas, lo traía en un tono miel que me iluminaba la cara, usaba un vestido verde botella que me quedaba como si hubiera sido hecho para mí y, por primera vez en mi vida, caminaba sin pedir permiso.
Durante los primeros minutos todo fueron cumplidos.
—Te ves increíble.
—Qué bárbara.
—Ahora sí pareces otra.
Daniela se acercó, me tocó la cintura sin permiso y dijo:
—No manches… ¿sí eres tú? ¿No te operaste?
Me aparté.
—No. Se llama disciplina.
Ella apretó la boca. Mi mamá intentó reír para suavizar el momento.
—Es que nunca te habíamos visto así. La verdad, Mariana, te ves hasta más bonita que Daniela.
El silencio que siguió fue más filoso que un cuchillo.
Daniela se puso roja. Mi papá tosió. Yo no dije nada, pero vi cómo la cara de mi hermana cambiaba. Ya no estaba burlándose. Estaba calculando.
La comida siguió incómoda. Hablaron de flores, iglesia, salón, menú y mesa de dulces. Pero cada cierto tiempo Daniela me miraba de reojo, como si yo fuera una amenaza sentada junto al arroz rojo.
Entonces mi mamá soltó:
—Mija, estaba pensando… para la boda podrías pintarte el cabello de tu color natural.
—¿Por qué?
—Porque este tono llama mucho la atención.
Daniela se cruzó de brazos.
—Yo soy la rubia de la familia. Siempre lo he sido.
Me reí, pensando que bromeaba. No bromeaba.
Mi papá intervino:
—No queremos problemas. Es el día de tu hermana. No deberías hacer nada que la opaque.
Sentí un calor subirme por el cuello.
—¿Me pidieron bajar de peso porque les daba vergüenza y ahora quieren que me vea peor porque les incomoda que me vea bien?
Mi mamá frunció el ceño.
—No exageres. Solo te pedimos consideración.
Daniela golpeó la mesa con la uña.
—Tú hiciste esto a propósito. Bajaste de peso, te pintaste el pelo, te arreglaste… para robarme atención.
La miré fijamente.
—Daniela, mi vida no gira alrededor de tu boda.
Mi mamá se levantó y dijo que no permitiría que yo arruinara “el evento más importante de la familia”. Mi papá agregó que, si quería asistir, debía ir “discreta”: vestido sencillo, cabello oscuro, maquillaje mínimo. Como si mi presencia necesitara permiso.
Ahí entendí algo que me dolió más que todas sus burlas: nunca quisieron que yo estuviera bien. Querían que estuviera lo bastante bien para no avergonzarlos, pero no tanto como para incomodar a Daniela.
Me levanté de la mesa.
—No voy a cambiar nada de mí para hacer feliz a gente que nunca se preocupó por hacerme sentir querida.
Daniela sonrió con rabia.
—Entonces no vengas.
Tomé mi bolsa.
—Tal vez eso haga.
Pero antes de salir, vi a Rodrigo llegar por la ventana. Me miró desde la entrada, sonrió demasiado y Daniela no alcanzó a ver la forma en que sus ojos se quedaron sobre mí.
Ahí supe que la boda todavía podía ponerse peor…
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