—Viniste a buscar ayuda. Y la vas a tener. Te vas a quedar aquí. Yo salgo.
Se quedó pálida.
—No puedes. Te van a descubrir. No sabes cómo es el mundo afuera. Ya no eres…
—Ya no soy la de antes —la interrumpí—. Tienes razón. Soy peor para gente como ellos.
Me acerqué, le tomé los hombros y la obligué a mirarme.
—Tú todavía esperas que cambien. Yo no. Tú eres buena. Yo sé pelear con monstruos. Siempre he sabido.
La campana del fin de visita sonó en el pasillo.
Nos miramos. Gemelas. Dos mitades de una misma cara. Pero solo una de nosotras estaba hecha para entrar en una casa infestada de violencia y no temblar.
Nos cambiamos rápido. Ella se puso mi suéter gris del hospital. Yo su ropa, sus zapatos gastados, su credencial. Cuando la enfermera abrió la puerta, me sonrió sin sospechar nada.
—¿Ya se va, señora Reyes?
Bajé la vista e imité la voz tímida de Lidia.
—Sí.
Cuando la puerta metálica se cerró detrás de mí y el sol me golpeó la cara, sentí que me ardían los pulmones. Diez años. Diez años respirando aire prestado. Caminé hasta la banqueta sin mirar atrás.
—Se te acabó el tiempo, Damián Reyes —murmuré.
Parte 2 …

La casa estaba en Ecatepec, al final de una calle húmeda y triste donde los perros flacos dormían junto a las llantas de coches descompuestos. La fachada estaba descarapelada. La reja oxidada. El olor me golpeó antes de entrar: humedad, grasa rancia y algo agrio, como comida echada a perder.
No era una casa. Era una trampa.
La vi enseguida.
Sofía estaba sentada en una esquina abrazando una muñeca sin cabeza. Tenía la ropa chica, las rodillas raspadas, el cabello enredado. Cuando levantó la vista, sentí que el corazón se me partía. Tenía los ojos de Lidia. Pero no la luz.
—Hola, mi amor —dije, arrodillándome—. Ven conmigo.
No corrió a abrazarme. Se hizo hacia atrás.
Y detrás de mí sonó una voz amarga.
—Mira nada más. La princesa decidió volver.
Me giré. Ahí estaba doña Ofelia, la suegra. Bajita, pesada, con bata floreada y una mirada capaz de agriar la leche.
—¿Dónde andabas, inútil? —escupió—. Seguro fuiste a llorarle a tu hermana loca.
No dije nada.
Luego apareció Brenda, la hermana de Damián, y detrás de ella su hijo, un chamaco malcriado que vio a Sofía y le arrancó la muñeca de las manos.
—Esa cosa es mía —dijo, y la aventó contra la pared.
Sofía rompió a llorar. El niño levantó el pie para patearla.
No alcanzó.
Le sujeté el tobillo en el aire.
El cuarto se congeló.
—Si la vuelves a tocar —dije con calma—, te vas a acordar de mí toda la vida.
Brenda se lanzó hacia mí, rabiosa.
—¡Suéltalo, estúpida!
Intentó abofetearme. Le detuve la muñeca antes de que llegara a mi cara y apreté lo suficiente para que gimiera.
—Educa mejor a tu hijo —murmuré—. Todavía estás a tiempo de que no crezca como los hombres de esta casa.
Doña Ofelia me golpeó con el palo de un plumero. Una vez. Dos. Tres.
Ni me moví.
Le arranqué el palo de la mano y lo partí en dos con un solo tirón. El crujido resonó como un disparo.
—Se acabó —dije, dejando caer los pedazos al suelo—. Desde hoy aquí hay reglas. Y la primera es que nadie vuelve a ponerle una mano encima a esa niña.
Aquella noche, Sofía cenó sopa caliente sin que nadie la insultara. Doña Ofelia y Brenda susurraron a puertas cerradas. El sobrino no volvió a acercarse. Yo senté a Sofía en mis piernas y la dejé dormirse apoyada en mi pecho.
Entonces llegó Damián.
Escuché primero la moto, luego el portazo, luego su voz llena de alcohol.
—¿Dónde está mi cena?
Entró tambaleándose, con los ojos inyectados y la rabia barata del cobarde que solo es valiente con mujeres y niños. Miró a Sofía, luego a mí.
—¿Qué haces sentada? ¿Ya se te olvidó tu lugar?
Tomó un vaso y lo estrelló contra la pared. Sofía despertó llorando.
—¡Cállala! —rugió.
Me puse de pie con una calma que lo desconcertó.
—Es una niña —le dije—. No vuelvas a gritarle así.
Alzó la mano para pegarme.
Yo la atrapé en el aire.
Vi en sus ojos el instante exacto en que entendió que algo no estaba saliendo como esperaba.
—Suéltame —masculló.
—No.
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