PARTE 1
“Si tanto te duele, aprende a no meterte en mi cama”, me dijo mi esposo mientras yo estaba tirada en el piso, sin poder respirar.
Yo me llamo Mariana Torres y, hasta esa noche, creía que mi matrimonio con Alejandro Rivas era imperfecto, pero no podrido.
Habíamos construido juntos una firma de diseño y construcción en la Ciudad de México. Yo diseñaba los proyectos, él los vendía. Mis planos habían ganado premios, habían salido en revistas, habían levantado edificios enteros en Polanco, Santa Fe y la Roma. Pero poco a poco Alejandro empezó a presentarse solo en entrevistas, a firmar documentos sin mí, a decir que yo era “más creativa que ejecutiva”.
Esa semana yo estaba en Guadalajara dando una conferencia de arquitectura sustentable. Todo salió tan bien que decidí regresar un día antes para sorprenderlo. Era nuestro aniversario. Compré una botella de vino en el aeropuerto y, durante todo el camino desde el AICM hasta nuestra casa en Lomas de Chapultepec, imaginé su cara al verme entrar.
Pero cuando abrí la puerta, lo primero que sentí fue un perfume dulce, pesado, de esos que dejan rastro. Luego vi unos tacones rojos tirados en el recibidor. Después, una blusa negra en la escalera.
Mi corazón entendió antes que mi cabeza.
Subí sin hacer ruido. Desde nuestra recámara escuché una risa de mujer.
—¿Y si Mariana llega? —preguntó ella.
Reconocí la voz al instante.
Valeria.
Mi mejor amiga desde la universidad. La mujer que había estado en mi boda. La que me decía “hermana”.
—Está en Guadalajara —respondió Alejandro—. Además, aunque llegara, ¿qué va a hacer? Esa diseñadora fracasada vive de mí.
Abrí la puerta de golpe.
Los dos estaban en mi cama.
Valeria se cubrió con la sábana, pero no bajó la mirada. Al contrario, sonrió, como si hubiera ganado algo.
Yo no pensé. Caminé hasta ella y le di una cachetada tan fuerte que el sonido rebotó en la habitación.
Alejandro se levantó furioso.
—¡A ella no la tocas!
Antes de que pudiera responder, sentí su bota hundirse en mi costado. Un golpe seco. Luego un crujido horrible dentro de mí.
Caí al piso sin aire.
El dolor era blanco, caliente, insoportable. Intenté respirar, pero cada intento era como si me enterraran cuchillos.
—No exageres —dijo él, abrochándose el pantalón—. Levántate.
No pude.
Valeria murmuró algo nerviosa, pero Alejandro no llamó a una ambulancia. Me tomó del brazo y me arrastró por el pasillo.
—Vas a aprender cuál es tu lugar en esta casa.
Me llevó hasta la puerta del sótano. Ese lugar húmedo donde guardábamos cajas viejas, adornos navideños y muebles rotos.
Me empujó por las escaleras.
Caí sobre el cemento frío. Grité, pero el grito salió quebrado.
—Déjala ahí hasta mañana —le dijo a la muchacha de servicio, que lloraba en silencio—. Sin comida. Sin agua.
La puerta se cerró.
El seguro sonó como una sentencia.
No sé cuánto tiempo pasé temblando en la oscuridad. El celular seguía en mi bolsillo, de milagro. Con los dedos entumidos, busqué un contacto que no había marcado en veinte años.
Papá.
Don Ernesto Torres.
Mi madre me había alejado de él porque decía que su apellido abría puertas, pero también tumbas. Yo había elegido una vida normal. Universidad, trabajo, matrimonio. Le di la espalda a mi propia sangre para sentirme decente.
Y mira dónde terminé.
Presioné llamar.
—¿Bueno? —respondió una voz grave.
—Papá… soy Mariana.
Hubo silencio.
Luego escuché una silla caer.
—¿Dónde estás? ¿Quién te hizo daño?
Lloré.
—Mi esposo me rompió las costillas. Me encerró en el sótano. Papá… no dejes que nadie de su familia quede de pie.
Diez minutos después, la puerta del sótano salió volando de sus bisagras.
Y no podía creer lo que estaba a punto de pasar…
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