—Maya… ¿qué pasó?
Ella levantó la vista despacio.
Por un segundo, no supe si me había reconocido o si simplemente estaba demasiado cansada para reaccionar. Sus ojos se posaron en mí con una extraña mezcla de sorpresa y resignación, como si verme allí fuera una crueldad más del destino, una de esas que no hacen ruido, pero terminan de romper lo poco que queda.
Sus labios se movieron apenas.
—Arjun…
Escuchar mi nombre en su voz me desarmó.
No sonó como reproche. Ni como alivio. Sonó como una cuerda vieja a punto de romperse.
Me acerqué más y me agaché frente a ella. Tenía la muñeca marcada por la cinta del suero. Su piel estaba tan delgada que casi podía verse el azul de las venas. El cabello corto, disparejo, dejaba ver una cicatriz pequeña cerca de la sien. Supe, antes de que nadie me dijera nada, que lo que fuera que estaba pasando era mucho más grave de lo que yo podía imaginar.
—¿Qué haces aquí sola? —pregunté, con la voz temblorosa—. ¿Por qué no me dijiste nada?
Maya bajó la mirada.
—No tenías por qué saberlo.
Esa respuesta me golpeó con más fuerza de la que esperaba.
Porque tenía razón.
Yo había renunciado a ser el hombre que preguntaba, el hombre que se quedaba, el hombre que tenía derecho a saber.
—¿Dónde está tu familia? —insistí.
Ella tardó en responder.
—Mi tía vino la primera semana. Luego dejó de poder venir. Vive lejos. Los demás… están ocupados.
Quise decir algo, pero en ese momento apareció una enfermera con una carpeta en la mano. Nos miró alternando la vista entre Maya y yo.
—¿Usted es familiar?
Abrí la boca, pero no salió nada.
Exesposo.
Qué palabra tan inútil en un pasillo de hospital.
Maya respondió por mí.
—No. Solo… alguien conocido.
La enfermera asintió, acostumbrada sin duda a relaciones mucho más rotas que la nuestra.
—Señora Maya, en un rato la van a subir otra vez para más estudios. No debe levantarse sola.
La enfermera se alejó.
Yo seguía sin moverme.
—Maya —dije al fin—, por favor, dime la verdad.
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