PARTE 1
“Si te vas hoy, abuela me va a llevar otra vez a la casa alta de la puerta azul… y ahí nos obligan a hacer cosas.”
Mi hija Valeria me dijo eso abrazada a mi cintura, con la voz tan bajita que, por un segundo, pensé que había escuchado mal. Tenía siete años. Siete. Y aun así, la forma en que temblaba no era la de una niña haciendo berrinche para que su papá no saliera de viaje. Era miedo puro.
Era martes por la mañana en San Pedro Garza García. Yo ya traía la maleta lista para volar a Ciudad de México por un asunto urgente de mi empresa de seguridad. Mi esposa Mariana seguía arriba, terminando una videollamada, y en la cocina estaba su mamá, Ofelia Cárdenas, sirviéndose café como si fuera la dueña del mundo. Y, siendo honestos, casi lo era. La señora llevaba años moviendo dinero, contactos y prestigio con una facilidad que daba asco. En Monterrey todos la conocían como una mujer elegante, generosa, “comprometida con la infancia”, de esas que donan a hospitales y salen sonriendo en las revistas.
Pero mi hija la miraba como si viera al diablo.
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