Quizás Patricia se había equivocado.
Quizás había dejado que la sospecha lo hiciera parecer más pequeño de lo que quería ser.
Quizás estaba sentado en una habitación oscura espiando a una mujer inocente porque el miedo lo había debilitado.
Entonces la puerta principal se cerró con un clic por última vez después de que el último empleado de la mañana pasara por el pasillo.
Y Patricia apareció en la sala.
El cambio en su rostro fue instantáneo.
Sin sonrisa cálida.
Sin gracia refinada.
Sin la dulce y comprensiva actitud de prometida.
Era como ver cómo se le caía una máscara en tiempo real.
Todo su cuerpo cambió.
La dulzura se desvaneció de su expresión y algo más frío la reemplazó. Algo cortante. Molesto. Impaciente. Cruel.
Emiliano se inclinó hacia adelante.
En la pantalla, Daniela estaba sentada en la alfombra con un libro abierto en su regazo. Martina estaba a su lado, abrazando un conejo de peluche.
Patricia se acercó lentamente.
—¿Qué les dije sobre sentarse aquí? —espetó.
Ambas chicas se sobresaltaron.
No se asustaron.
Condicionadas.
Eso fue lo que heló la sangre de Emiliano.
No eran niñas reaccionando a una voz alzada por primera vez.
Eran niñas que sabían exactamente lo que venía después.
Daniela cerró el libro de inmediato. Martina bajó la mirada.
Patricia le arrebató el conejo de las manos a la niña y lo arrojó al sofá.
—Estoy harta de repetirme —dijo—. Cuando tu padre no esté, harás lo que te digo a la primera.
A Martina le tembló el labio.
Daniela se acercó un poco más a su hermana.
Y en la sala de monitoreo, Emiliano contuvo la respiración por un instante.
Porque sus hijas no se comportaban como niñas a las que una futura madrastra corrige.
Se comportaban como niñas que le tenían miedo.
Entonces Rosa entró en la habitación.
Sigue leyendo en la página siguiente.
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