La frase le salió tan automática, tan ensayada, que hasta él se dio cuenta tarde del error.
Porque en esa sola línea cabía entero el tipo de hombre que era: uno acostumbrado a que las mujeres de su vida se organizaran alrededor de sus faltas.
La amante soltó aire por la nariz, como si de repente le hubiera tomado olor a algo podrido.
—Tienes razón —dijo—. No voy a empezar. Voy a terminar.
Fue hasta la puerta del pasillo, la abrió y señaló hacia afuera.
—Vete.
Carlos se quedó helado.
—¿Qué?
—Que te vayas. Tú. No ella. No tu mamá. Tú.
Yo me quedé quieta.
No esperaba eso.
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