—La familia no empuja al agua a alguien que tiene miedo y no sabe nadar —respondió ella.
Se enderezó, como si el agua hubiera lavado no solo la suciedad, sino también el miedo.
— Mañana te irás de mi apartamento. Ya no te mantendré. No me importa que no tengas dinero. Eres adulto. Aprende a ser responsable de tus actos.
Ya nadie se reía.
—Te arrepentirás profundamente de haberme tratado así —dijo con calma.
A lo lejos, ya se oían las sirenas.
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