En la cama.
En el mismo lugar.
Sin moverse.
—Vamos, pequeño… —dijo suavemente—. Tenemos que bajar…
Se acercó.
Tocó su lomo.
Frío.
Demasiado quieto.
El corazón de Elena se detuvo un segundo.
Revisó.
No había respiración.
No había pulso.
El perro… había muerto.
Allí mismo.
Junto a él.
Sin ruido.
Sin lucha.
Como si hubiera decidido… irse también.
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