Isabel fue la primera en hablar, reconociendo que Carlos realmente había cumplido su promesa. Había hecho una promesa frente a 12 testigos. Carlos no estaba aprovechando la situación. Permanecía esperando que ella decidiera cómo manejar la situación más surrealista de su vida. Isabel comenzó a caminar alrededor del laboratorio. Siempre había resuelto los problemas con lógica y determinación, pero esta vez estaba en territorio inexplorado.
Intentó enmarcar la situación como una provocación, una broma pronunciada en el impulso del momento. Carlos dijo que lo entendía perfectamente, explicando que ella tenía todo el poder de ignorar lo que había dicho. Era la Cío de una importante empresa española.
Él un exmecánico que limpiaba oficinas, pero había algo en el tono de Carlos que golpeó a Isabel. No era resentimiento, sino una resignación triste. Isabel preguntó qué quería realmente. Carlos la miró con intensidad. No era tan ingenuo como para pensar que pudieran realmente casarse. Ella vivía en un mundo dorado 50 pisos sobre la realidad. Él, en un estudio en Vallecas, tomando dos autobuses para llegar al trabajo, explicó lo que realmente quería, reconocimiento público por haber resuelto el problema. Contratación en el equipo de investigación con el rol que sus
competencias merecían y mantener la ficción del compromiso, el tiempo necesario para reconstruir su reputación. La propuesta era racional y pragmática, un acuerdo de negocios disfrazado de historia de amor. Ella salvaría las apariencias manteniendo su palabra. Él obtendría la oportunidad de volver a trabajar en el sector que amaba.
Después de algunos meses, descubrirían que eran incompatibles. Isabel estudió el rostro de Carlos buscando cinismo, pero viendo desesperación enmascarada como pragmatismo. Si dijera que no, él volvería a limpiar oficinas. pero habría tenido la satisfacción de demostrar que aún valía algo. Isabel se acercó a la ventana que daba a Madrid.
La ciudad se extendía bajo ella, llena de historias de éxito y fracasos, segundas oportunidades y sueños rotos. Por primera vez se encontraba en una situación que no podía controlar con dinero o autoridad. dijo que estaba loco, completamente loco. Los medios los devorarían vivos, la CEO millonaria y el ex mecánico en los periódicos de chismes durante meses. Carlos respondió que pensaba que el chisme no la asustaba.
Isabel admitió que no la asustaba, la irritaba, pero había aprendido a manejarlo. Después de largos minutos de reflexión, pesando opciones que pocas horas antes nunca habría imaginado tener que considerar, tomó la decisión. Está bien, hagámoslo. Carlos alzó las cejas sorprendido por la rapidez. Isabel estableció sus condiciones.
Primero, él se convertía en responsable del desarrollo de motores híbridos con contrato de 3 años. Segundo, su relación duraría exactamente 6 meses. Tercero, nadie debía saber nunca que era falso. Y cuarto, si alguna vez traicionara su acuerdo o intentara dañarla, lo destruiría completamente. Carlos aceptó. Se dieron la mano como dos cios, pero cuando se tocaron, ambos sintieron una descarga eléctrica que nada tenía que ver con los negocios.
Los primeros días del falso compromiso fueron una comedia de errores. Isabel había subestimado lo difícil que era fingir una relación romántica con alguien que apenas conocía. Los medios se lanzaron sobre la historia como buitres, la aseo y el mecánico, un amor de cuento, titulaba El país. Los tabloides inventaban historias románticas sobre cómo se habían conocido.
Isabel tuvo que aprender rápidamente los detalles de la vida de Carlos para responder a los periodistas. Descubrió que había nacido en Valencia, hijo de un mecánico y una maestra. Había estudiado ingeniería mecánica en la Politécnica de Madrid, graduándose con máximas calificaciones antes de ser descubierto por la Fórmula 1. Carlos tuvo que adaptarse al mundo dorado de Isabel.
Cenas en restaurantes con estrellas Micheline, eventos sociales, premiaciones donde la presencia de la pareja del momento era muy solicitada. Al principio se sentía como un actor en un papel demasiado grande, pero gradualmente comenzó a relajarse. El momento decisivo llegó tres semanas después del inicio de la farsa. Era tarde y Isabel había quedado en la oficina para revisar los contratos finales con Seat.
La prueba oficial del motor había sido un éxito extraordinario, superando toda expectativa. Carlos tocó la puerta hacia las 10 de la noche, había visto la luz encendida y quería asegurarse de que todo estuviera bien. Isabel alzó la vista notando como Carlos había cambiado en las últimas semanas. La ropa era más cuidada, el cabello cortado profesionalmente, la postura más segura, pero sobre todo en los ojos había recuperado esa chispa de pasión.
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