Durante el trayecto, la doctora le susurró:
— «Los síntomas y lo que hemos visto en la ecografía sugieren que el organismo de Ana ha estado expuesto a algo que no debería. El hígado y el estómago muestran daños. Tendremos una confirmación exacta tras los análisis de laboratorio.»
En la sala de espera, Clara sintió por primera vez una rabia ardiente, mezclada con una culpa insoportable. Martín. El hombre al que había confiado su vida y la de su hija. El hombre en el que había creído. ¿Qué escondía en realidad?
Su móvil vibró. Un mensaje de Martín:
«¿Todo bien? Ya estoy en casa. ¿Estáis bien vosotras?»
Clara apretó los puños. No respondió. En ese mismo momento, la doctora salió de la puerta de urgencias.
— «La situación de Ana está estable, pero tenemos serias sospechas. Debemos informar a las autoridades. Es muy probable que haya ingerido una sustancia tóxica.»
Las palabras «informar a las autoridades» cayeron sobre Clara como un rayo. Entendió que la pesadilla no había hecho más que empezar.
Alzó la vista hacia el rostro blanquecino de su hija, visible tras el cristal de la sala. Y en ese instante tomó una decisión irrevocable: nunca más permitiría que Martín se acercara a la niña.
Y en lo más hondo de su corazón supo que la verdad sobre aquel fin de semana sería mucho más oscura de lo que jamás habría imaginado.
Leave a Comment