Maya Williams ya había servido antes en familias adineradas, aunque la mansión de los Blake era diferente. Todas las superficies brillaban — suelo de mármol pulido, retratos plateados de antepasados severos, y flores frescas que se cambiaban cada día por un florista que nunca sonreía.
La casa estaba en silencio, salvo por el sonido tenue del reloj de pie en el pasillo. Sus responsabilidades eran simples: limpiar, de vez en cuando cocinar, y ayudar a la señora Delaney, la jefa de servicio, con lo que fuera necesario. El bebé, Lily Blake, era cuidado por su padre, Nathaniel, junto con yayas profesionales que venían y se iban. Pero recientemente, todas renunciaban una tras otra, murmurando sobre el llanto constante del bebé, su negativa a dormir, y las exigencias irracionales del padre.
Aquella noche, los llantos duraron horas. Maya no pudo evitar entrar en el cuarto de la bebé, aunque quiso ignorar los gritos urgentes que venían de dentro. Entró en silencio, con el corazón encogido al ver a Lily en su cuna: puñitos tan pequeños que parecían calentar el aire, la cara húmeda, respirando con dificultad entre los sollozos.
— Shh, querida —susurró Maya, alzando al bebé—. —Está bien ya.
Lily temblaba, su cabeza apoyada en el hombro de Maya, como si ahí hubiera encontrado un refugio. Maya se sentó en la alfombra, se meció suavemente, cantando una canción de cuna que hacía tiempo no usaba. Poco a poco, los sollozos se apagaron. Minutos después, la respiración de Lily se volvió lenta y profunda. Maya estaba exhausta, pero no bajó al bebé. Descansó ella en el suelo, Lily sobre su pecho, ambas bajo la cadencia suave de sus respiros.
En ese instante, Maya se quedó dormida. No sintió los pasos pesados hasta que alguien estuvo justo encima. —¿Qué crees que estás haciendo? —una voz como demostración de poder. Maya se despertó de golpe al ver a Nathaniel Blake sobre ella, su expresión tallada con ira gélida. Antes de que respondiera, le quitó al bebé de los brazos. Fue como un golpe físico abrupto.
— Sucia. —escupió él—.
— Repugnante —continuó—. Eso es algo que no debes tocar. Observarlo, cuidarlo, pero nunca abrazarlo.
— No, por favor —rogó Maya, apoyándose en un codo—.
Lily quejándose, llorando sin parar—
— No me importa —afirmó él con brusquedad—. Eres la mujer. No la madre. Nada.
El llanto de Lily se intensificó cuando la alejó de los brazos de Maya. Sus manitas agitándose en el aire, sus gritos agudos llenando la habitación.
— Cálmate, Lily… —susurró Maya—. Estoy aquí.
Nathaniel, incómodo, habló en un susurro, pero Lily lloraba más fuerte aún, girándose en su abrazo, con las mejillas enrojecidas y la respiración agitada.
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