Como si al fin hubiera tomado la decisión correcta, como si al fin estuviera eligiendo algo por mí, no solo por necesidad. Esa noche no dormí. Me la pasé pensando en todo lo que tenía que hacer, empacar, decidir qué llevarme, a quién regalarle mis cosas, hablar con la señora para decirle que me iba, buscar un boleto y sobre todo prepararme para lo que iba a encontrar allá. Me daba miedo ver a Luis, miedo de ver en sus ojos reproche, miedo de que me mirara como una desconocida, miedo de que no me abrazara.
Con Carmen era diferente, siempre fue más abierta, más cálida, pero con él, con él las cosas eran más duras. Le escribí un mensaje, no me atreví a llamarlo. Hijo, voy a regresar. No sé cómo va a ser todo, pero quiero intentarlo. Perdóname si me tardé tanto. No me contestó de inmediato. Pasaron tres días, tres, que se sintieron como 3 años y luego me mandó un mensaje cortito. Aquí te esperamos, ma. Lloré otra vez porque aunque fue corto fue suficiente.
La señora con la que trabajaba no entendió mucho mi decisión. Me dijo que pensara bien las cosas, que no iba a encontrar lo mismo en México, que allá estaba más segura. Pero yo ya no quería seguridad. Quería estar con los míos, aunque fuera tarde, aunque no supiera cómo. Empecé a empacar mis cosas. Me di cuenta de cuántas cosas tenía que en realidad no necesitaba. Ropa que nunca usé, zapatos que ya ni me gustaban, cosas guardadas por si acaso, pero también guardé mis recuerdos, las fotos, las cartas de mis hijos, los regalos pequeños que me mandaron por cumpleaños, todo lo que me sostuvo esos años.
Compré el boleto con los ahorros que tenía, solo de ida. El día que me subí al avión me temblaban las piernas. Era la primera vez que regresaba en 19 años, casi dos décadas. Me subí sola con un nudo en el estómago con una mezcla de emoción y terror. Durante el vuelo me puse a mirar por la ventana y pensé en todo. En los días buenos, en los días malos, en las veces que quise rendirme. Y me dije, “Ya hiciste lo que tenías que hacer, ahora te toca volver a vivir.” No sabía qué me esperaba, solo sabía que al bajar ya no iba a estar sola.
Cuando el avión aterrizó en Ciudad de México, lo primero que sentí fue el olor, un olor que no puedo explicar, pero que conozco desde niña. Mezcla de tierra, de comal, de humo, de calle, no sé, algo que me hizo llorar sin querer. Me puse la mano en la boca para no soltar el llanto ahí mismo con la gente alrededor. En migración no tuve problema. Salí caminando con mi maletita vieja, esa que me acompañó desde que llegué a Estados Unidos.
Traía lo poco que me cabía y una bolsa con dulces y chocolates para mis nietos. No sabía cómo iba a hacer verlos, no sabía qué cara poner, solo sabía que era ahora o nunca. Mi hija me estaba esperando afuera, Carmen, en persona, después de tantos años. Cuando la vi, me costó reconocerla. Ya no era la niña que yo dejé, era una mujer con ojeras, con cuerpo de mamá, con otra mirada. Me acerqué despacio. Ella me miró, sonrió y me abrazó fuerte, sin decir nada, solo lloró y yo también.
Estuvimos así, en silencio por varios minutos. La gente pasaba, los carros pitaban, pero nosotras estábamos ahí pegadas, llorando como si el tiempo se pudiera borrar con un abrazo. “Bienvenida a casa, ma”, me dijo bajito. Y ahí me quebré otra vez. Luis no fue por mí. dijo que no podía, que tenía trabajo, pero yo supe que no era por eso, era porque no estaba listo. Y lo entendí, porque yo tampoco estaba lista para muchas cosas. El camino a Cuautla fue largo.
Me fui en silencio casi todo el trayecto. Carmen me hablaba, me contaba cosas, pero yo solo escuchaba. Me sentía rara, como si no fuera mi país, como si todo hubiera cambiado demasiado. Cuando llegamos a la casa fue otro golpe. La casa de mi mamá. Ahora ya no tenía su voz, ya no olía a ella, ya no se escuchaba su radio prendido en las mañanas. La recámara estaba vacía, sus cosas guardadas, sus fotos en una caja. Me senté en su cama, cerré los ojos, la imaginé ahí y pedí perdón.
No en voz alta, pero lo pensé tan fuerte que sentí como si me escuchara. Después llegaron mis nietos. Primero el mayor, hijo de Carmen, tenía 3 años, me miró con curiosidad, se escondió detrás de su mamá. Yo me agaché, le extendí la mano y le dije, “Hola, soy tu abuela. ” No me contestó, solo me miró. Luego se fue corriendo y me reí. Me reí nerviosa, pero feliz, porque al menos lo vi. Estaba ahí de carne y hueso.
Luis llegó en la noche, no tocó la puerta, solo entró. me saludó con un beso rápido en la mejilla. Me dijo, “Qué bueno que viniste, ma.” Y se fue al patio. Yo me quedé parada como tonta. No sabía si abrazarlo, si decirle algo. No supe cómo romper ese muro que había entre nosotros. Pasaron los días y la verdad no fue fácil. No fue como esas historias donde todo es perdón y felicidad. No fue incómodo, fue raro. Sentí que no tenía lugar, que estaba invadiendo algo que ya no era mío.
Mis hijos ya eran adultos, tenían sus costumbres, su ritmo, su forma de vivir. Yo no encajaba, no sabía dónde dejar mis cosas, no sabía a qué hora comer, no sabía si preguntar o quedarme callada. Dormía en la recámara que había sido de Carmen, en una cama que me quedaba chica. Me despertaba temprano como allá, pero acá nadie se levantaba hasta tarde. Me sentaba en el patio a tomar café sola, mirando el cielo. A veces me daban ganas de regresarme.
A veces me preguntaba si había hecho un error. Un día Carmen me dijo, “Ma, tienes que tener paciencia. No esperes que todo sea como antes. Tenemos que conocernos otra vez. Y tenía razón. Pasamos tanto tiempo separados que ya no sabíamos cómo tratarnos. Yo no sabía si podía regañar a su hijo, si podía opinar, si podía meterme en su cocina. Me sentía como una visita que se quedó más de la cuenta. Con Luis fue aún más duro. Él apenas me hablaba, solo lo necesario.
Se iba temprano, regresaba tarde. Yo le preparaba su comida, la dejaba servida, pero él comía sin mirarme. Una noche me armé de valor, me senté frente a él y le dije, “Hijo, si quieres que me vaya, me voy. quiero incomodar. Solo vine porque pensé que aún tenía algo que darles. Él me miró y por primera vez en mucho tiempo me habló con el corazón en la mano. No quiero que te vayas, ma. Solo no sé cómo estar contigo.
Me acostumbré a que no estabas. Eso me dolió. Pero también fue necesario escucharlo. Yo también me acostumbré a vivir sin ustedes”, le dije. Y eso es lo más triste que me ha pasado. Nos quedamos callados. Luego me tomó la mano, me apretó fuerte y sentí que algo se abría, que algo se empezaba a sanar. No fue de un día para otro ni fue fácil, pero con el tiempo poco a poco empecé a sentirme parte de nuevo. Ahora juego con mi nieto, me dice Abu y me busca para que le cuente cuentos.
Carmen me pide consejos. Luis se sienta a platicar de vez en cuando, no de todo, pero de algo. Y eso ya es mucho. Volver no fue lo que soñé, fue mucho más difícil, pero también fue más real, porque la vida no es como las películas, es como es, llena de silencios, de enojos guardados, de tiempos que ya no regresan, pero también de oportunidades para empezar de nuevo. y uno tiene el valor y yo aunque con miedo, aunque con dudas volví.
Han pasado varios meses desde que regresé y aunque parezca mentira, apenas empiezo a sentir que tengo los pies en el suelo, porque al principio me sentía como flotando, como si viviera en una película donde nada me terminaba de parecer real. Estaba aquí, sí, pero también seguía allá con la cabeza llena de costumbres, de horarios de otra vida. Una de las cosas que más me costó fue entender que mis hijos ya no me necesitaban como antes, no porque no me quieran, sino porque ya aprendieron a hacer su vida sin mí.
Y eso duele más de lo que uno cree, porque uno se imagina que al volver te van a abrazar todos los días, que van a querer hablar contigo de todo, que te van a pedir consejos, que te van a preguntar cosas, pero no. Luis, por ejemplo, tiene su rutina. Se levanta, se baña, se va a trabajar, regresa cansado, se sienta a ver la tele, cena, se duerme, a veces ni siquiera me saluda al entrar, no porque me odie, simplemente ya se acostumbró a vivir así, a vivir sin una mamá que lo reciba, que le pregunte cosas.
Y yo yo tengo que aceptar eso porque él no eligió crecer sin mí. Con Carmen es un poco distinto. Ella sí se acerca más. Me cuenta de su hijo, me pide ayuda con la comida, me pregunta cómo hacía yo ciertas cosas. A veces se sienta conmigo a platicar mientras lavamos los trastes. Esos momentos los valoro más que nada. Son simples, pero me hacen sentir que sigo siendo su mamá, aunque sea diferente. Y mi nieto, ay, él sí me ha dado un motivo para quedarme.
me dice, “Abu, como te conté, me abraza fuerte cuando llego del mercado, me pide que le lea el mismo cuento 10 veces, se duerme encima de mí como si me conociera de toda la vida y eso me da un poco de paz porque tal vez no pude criar a mis hijos, pero todavía tengo la oportunidad de estar para él. Pero no te voy a mentir, no todo ha sido bonito. Me ha costado mucho encontrar mi lugar en la casa, en la familia, en la vida.
A veces siento que estorbo, que mis opiniones ya no importan, que cuando hablo nadie escucha, que lo que yo viví allá en el norte no tiene valor aquí, que soy solo la señora que volvió. Y eso me ha pegado fuerte porque allá, aunque me sintiera sola, al menos tenía una rutina, un trabajo, un sentido. Aquí me siento desubicada, no tengo trabajo, no tengo mis cosas, dependo de ellos para moverme, para salir, hasta para tener un celular decente.
Y aunque mis hijos nunca me lo han echado en cara, yo lo siento. Siento esa incomodidad, ese y ahora, ¿qué? Intenté buscar trabajo, algo sencillo, limpiar casas, cuidar niños, pero ya no tengo la misma energía. El cuerpo me duele más, el sol me cansa más rápido y además muchas casas ya tienen a alguien y cuando preguntan mi edad me dicen que me avisan, pero no llaman. Entonces paso los días en casa, cocino, barro, lavo la ropa, juego con mi nieto, pero en las noches, cuando todos duermen, me pongo a pensar, me siento en la cama, en silencio y me pregunto si hice bien.
¿Valió la pena dejar todo para regresar? ¿Todavía tengo tiempo para recuperar algo? ¿Puedo volver a sentirme útil? ¿Será que ya solo me toca esperar? Porque eso es lo que más miedo me da, convertirme en una persona que solo está, pero que ya no es parte de nada. Una vez le dije eso a Carmen, que sentía que ya no tenía un papel en esta vida. Y ella me miró con los ojos llenos de lágrimas y me dijo, “Ma, tú no te imaginas lo que significa para mí que estés aquí.
Escuchar tu voz en la cocina, verte doblar la ropa, oírte reírte con mi hijo me hace sentir que tengo mamá otra vez y eso me dio fuerzas, no para borrar todo lo que duele, pero sí para seguir, porque a veces lo único que necesitamos para no rendirnos es que alguien nos diga que todavía somos importantes. Con Luis ha sido más lento, más callado, pero ya no es como al principio. A veces me deja una taza de café en la mesa sin decir nada.
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