Ir al mercado, hacer comida especial si tenían visitas, limpiar el cuarto de los niños, trapear los pasillos. Yo les cocinaba de todo, aprendía a hacer comida americana, pero también les encantaban mis enchiladas y mi arroz rojo. A veces la señora me decía, “Josefina, hoy cocina como en México, que nos encanta ese saborcito tuyo.” Y eso me daba un poquito de alegría. Sentía que algo mío todavía valía. Los viernes eran los días de lavar todo, sábanas, toallas, cortinas.
Terminaba rendida. Cuando salía ya era de noche. El frío me calaba los huesos, pero me daba más frío por dentro que por fuera porque llegaba a mi cuarto y estaba sola. un cuartito chiquito con una cama, una mesita y un ventilador. No tenía tele, solo mi celular y con eso me conectaba al mundo. A veces hablaba con mi mamá, me contaba que Carmen ya tenía novio, que Luis andaba trabajando en una ferretería. Yo escuchaba todo en silencio, solo decía, “Qué bueno, ma, me da gusto.” Pero por dentro sentía como si me estuvieran contando la vida
de alguien más, como si esos muchachos ya no fueran míos, como si solo fuera una tía lejana que se entera de las cosas. Y luego venía lo más difícil, las videollamadas. Los domingos a las 8 de la noche hablábamos los tres. Era la noche de mamá, como decía mi hija al principio, pero con los años se volvió rutina también. Ellos ya no me contaban tantas cosas. Se reían entre ellos, me decían que todo iba bien, que no me preocupara.
Yo los veía y me dolía el alma porque me daba cuenta que ya no me necesitaban, que habían aprendido a vivir sin mí. Una vez, en una llamada, Carmen me dijo, “Mamá, ¿por qué no mejor te quedas allá para siempre? Aquí ya estamos grandes. Y no me lo dijo con enojo, me lo dijo con esa frialdad que duele más, como si ya hubiera aceptado que su mamá no iba a volver nunca. Esa noche lloré hasta quedarme dormida.
Me acuerdo que en esa época yo ya llevaba más de 15 años allá. 15 años. casi la mitad de mi vida adulta y no tenía nada, no tenía papeles, no tenía seguro, no tenía una casa mía, no tenía pareja, no tenía mis hijos, tenía dinero. Sí, pero de qué servía si yo no podía abrazar a nadie, si cada Navidad la pasaba sola calentando tamales en el microondas, viendo las fotos que me mandaban por WhatsApp y aún así seguía porque me daba miedo volver y no saber qué hacer, porque allá uno se vuelve como un mueble
más, se acostumbra a la rutina, al silencio, a que nadie te llame por tu nombre, a no celebrar tu cumpleaños, a que lo único tuyo sea tu tristeza. Una vez una compañera Lucía de Puebla me preguntó si yo nunca pensaba en regresar. Le dije que sí, pero que ya no sabía si tenía a dónde volver. Me contestó algo que se me quedó clavado. José, a veces uno se va a tanto tiempo que cuando vuelve ya no hay nadie que te espere.
Y eso me dejó helada, porque era cierto. Yo ya no sabía si mis hijos querían que regresara, si me veían como su mamá o como una señora que manda dinero. Ya no sabía si ellos eran míos o si solo eran recuerdos, pero igual me levantaba cada día y me iba a trabajar porque allá el tiempo no te espera, porque si te detienes te caes. Y yo no quería caerme. No haya, no sola. Hasta que sonó ese teléfono.
Ser mamá a distancia es como querer abrazar con las manos amarradas, como querer estar, pero sin poder tocar, sin poder oler a tus hijos, sin escuchar su risa en persona, solo por llamada, solo por fotos, solo por recuerdos. Al principio traté de estar presente lo más que pude. Cuando llegué a Estados Unidos les mandaba cartas. Sí, cartas, porque ni celular tenían allá en la casa de mi mamá. Les escribía con mi letra chueca, con pluma azul, en hojas que compraba en la farmacia.
Les ponía dibujos, les contaba lo que veía en la calle, lo que comía, lo que soñaba. Les decía que los extrañaba, que eran mi motor, que todo lo estaba haciendo por ellos. Me acuerdo cuando me contestaron por primera vez. Luis me dibujó un carrito con su nombre y Carmen me mandó un corazón con crayolas. Lloré como niña cuando abrí ese sobre. Lo guardé muchos años hasta que se me perdió en una mudanza, pero lo tengo grabado en la cabeza clarito.
Después, con el tiempo, empezamos a hablar por teléfono. Mi mamá tenía un celular viejito, pero servía. Yo hablaba con ellos una o dos veces por semana. Les preguntaba cómo estaban, qué comían, cómo les iba en la escuela. Carmen siempre me contaba más, que le gustaba una canción, que la maestra regañó a un niño, que soñó que yo volvía. Luis era más callado. Siempre ha sido así, pero cuando me decía, “Te extraño, ma,” se me partía el alma.
Y así fueron creciendo. Yo les mandaba todo lo que podía. Ropa, juguetes, mochilas, libros, zapatos buenos. Cada diciembre les mandaba cajas llenas con todo. Les escribía una carta, les metía dulces, algo con mi olor, lo que fuera. Y me sentaba frente al teléfono esperando que llegara el día de la videollamada para verles la cara al abrir los regalos. Pero también empecé a notar que ya no me necesitaban igual, que mi voz ya no les emocionaba tanto, que sus vidas seguían con o sin mí.
Cuando Carmen cumplió 15 años, yo quise mandarle todo para que tuviera una fiesta bonita. Le mandé el vestido, los zapatos, el pastel lo encargué desde acá, hasta le pagué a un cuate de Cuautla para que tomara fotos y me las mandara. Ese día yo me arreglé solita como si fuera una boda. Me puse una blusa que me gustaba, me peiné, me pinté tantito y me senté frente a la compu a verla por videollamada. La vi bailar con mi hermano, su chambelán.
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