“Una anciana de 85 años que vivía sola en el barrio compraba más de 20 tarjetas SIM cada semana. Al notar algo extraño, el dueño de la tienda llamó a la policía… y la verdad dejó a todo el vecindario paralizado.”
—Para llamar a mis muchachos, mijo. Para que no se olviden de su madre.
Don Ernesto sintió un escalofrío. En el pueblo todos sabían que ella ya no tenía a nadie.
Unos días después, mientras barría el frente de su tienda, Ernesto la vio sentada en la banqueta de enfrente. La viejita tenía en las manos un viejo Nokia negro, y con lentitud marcaba número tras número. Pero no hablaba.
Solo se quedaba quieta, con el teléfono pegado al oído, y al cabo de un rato lo bajaba, sonreía suavemente y murmuraba:
—Hoy sí te marqué, hijo. ¿Alcanzas a oírme?
Ernesto sintió cómo se le apretaba el pecho. Esa misma tarde le contó a don Felipe, el jefe de manzana, lo que había visto. Por precaución, decidieron avisar a la policía municipal. Temían que alguien usara su nombre para registrar cientos de líneas y hacer estafas.
Al día siguiente, dos agentes se presentaron en la humilde casa de la anciana. El portón estaba entreabierto. Dentro, las paredes de cal vieja estaban cubiertas de estampitas y un altar con flores marchitas.
Sobre una mesa de madera había montones de chips vacíos, las cajitas abiertas con cuidado, apiladas junto a un cuaderno lleno de números escritos con letra temblorosa.
Uno de los agentes preguntó con voz amable:
—Doña, ¿estas tarjetas las compró usted? ¿Para qué las usa?
Doña Luz sonrió con ternura y señaló un retrato en blanco y negro que presidía el altar: un joven con uniforme militar, boina en la cabeza y sonrisa firme.
—Él es Tomás… mi muchacho. Cuando se fue a la guerra, me llamaba cada semana desde distintos números. Pero un día, ya no llamó. Yo sigo marcándole. Cada chip nuevo es una esperanza más. A lo mejor uno de esos números todavía suena allá donde está él…
La casa se llenó de silencio. Solo se oía el tic-tac del reloj de pared.
Ella tomó el teléfono y, con manos temblorosas, marcó una secuencia de dígitos.
—Mire, este era el último número desde donde me habló. Cada semana lo intento. Tal vez un día… conteste.
Una lágrima rodó lentamente por su mejilla.
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