A las 7 en punto se escuchó el timbre. Clara fue a abrir. Ahí estaba doña Teresa, vestida con una blusa blanca bordada y un pantalón oscuro. Llevaba una bolsa pequeña en la mano. Buenas noches dijo con voz firme. Buenas noches, señora. Bienvenida. Pase. ¿Cómo ha estado? Bien, gracias, hija. Clara la dejó pasar.
Al fondo, Renata apareció con una sonrisa forzada. Teresa, qué gusto verte. se acercó a abrazarla, pero la señora solo le dio un beso rápido en la mejilla. Buenas noches, Renata. ¿Cómo estás? Bien, gracias. Aquí organizando todo para que la cena esté perfecta. Ya viste cómo dejamos la mesa. Doña Teresa apenas la miró. Todo muy bonito. Clara cocinó.
Renata pareció dudar un segundo. Sí, claro. Yo nada más di unas ideas. La señora sonríó leve. Clara cocina muy bien, siempre lo he dicho. Renata se tragó la incomodidad y sonríó como pudo. Julián bajó a recibir a su mamá y la saludó con un abrazo de verdad. Hablaron un rato de cosas normales.
¿Cómo estaba la tía Betty? Que si el tráfico, que si el clima estaba muy loco. Luego todos pasaron al comedor. Clara sirvió los platos con cuidado, sin interrumpir, sin hablar. Se notaba que doña Teresa la observaba cada vez que pasaba. Renata se sentó al lado de Julián como siempre. Durante la cena, la conversación fue tranquila, aunque por momentos se sentía la tensión.
Renata intentaba llevar el control de la charla, contaba anécdotas de eventos, hablaba de diseñadores que nadie conocía y mencionaba nombres de marcas como si fueran personas de confianza. Doña Teresa solo la escuchaba con una ceja levantada sin decir mucho. En un momento, Renata soltó un comentario que incomodó a todos.
Estaban hablando de viajes y Renata dijo, “Ay, es que una vez fui a Oaxaca y me hospedaron en una casa que parecía de campesinos. Horrible. La cama era durísima y la comida, bueno, lo que para ellos es comida.” Julián levantó la mirada. Clara, que justo pasaba con la jarra de agua. Se detuvo un segundo. Doña Teresa giró lentamente el rostro hacia Renata.
“¿Y qué tiene de malo lo de campesinos?” Renata se rió como si no entendiera. Nada, nada, obvio, solo que no estoy acostumbrada. Era un comentario gracioso. Doña Teresa no se ríó. Gracioso para quién. Renata se acomodó en la silla. Bueno, no lo dije con mala intención. Julián intervino. Cambiemos de tema. Sí. El resto de la cena fue más callado.
Clara sirvió el postre, gelatina de rompope con galleta molida y luego se retiró a la cocina. Doña Teresa esperó a que terminara todo, luego pidió hablar con Juliana solas en la terraza. Clara, que lavaba los trastes, alcanzó a verlos por la ventana. Julián con los brazos cruzados, su madre hablándole con expresión seria.
Renata se quedó en la sala revisando su celular molesta. A los 15 minutos, Julián volvió con cara de pocos amigos. No dijo nada, solo subió a su cuarto. Renata lo siguió como 5co minutos después. En la cocina, Clara seguía lavando. Cuando doña Teresa entró en silencio, ella se enderezó de inmediato.
¿Le sirvo algo más, señora? No, hija, solo quería decirte que admiro mucho lo que haces. Clara se quedó inmóvil. Gracias, dijo bajito. Sé que aquí no siempre te tratan como mereces, continuó la señora. Y eso no está bien. Si alguna vez necesitas hablar con alguien, puedes contar conmigo. Clara no supo qué decir, solo asintió con los ojos vidriosos. Doña Teresa le tocó el brazo con delicadeza, luego se dio la vuelta y salió.
Esa noche, mientras Clara guardaba los últimos platos, se sintió un poco menos sola. No sabía por qué, pero las palabras de doña Teresa le habían llegado hondo. Era raro que alguien viera lo que ella hacía, que alguien notara que existía. La mañana siguiente empezó con un silencio raro. No era como esos domingos tranquilos donde todo fluía con calma.
Se sentía un aire tenso, como si algo estuviera por explotar. Julián bajó antes de lo normal. Traía el ceño fruncido. No saludó a Clara como siempre lo hacía, solo pidió un café cargado y se sentó en la mesa del comedor mirando el celular, pero no leyó nada, solo deslizaba el dedo por la pantalla sin mirar. Clara no quiso decir nada.
Preparó el café en silencio y se lo dejó junto a un pan dulce que sobró de la noche anterior. Julián ni lo volteó a ver. Tenía la mirada clavada en un punto fijo, como si su cabeza estuviera en otro lugar. A los pocos minutos bajó Renata. Traía una camiseta corta, shorts de tela delgada y unas chanclas de marca que hacían ruido en cada paso.
Se acercó a Julián, le dio un beso en la mejilla y se sirvió jugo. Buenos días, amor. ¿Dormiste bien? Él solo asintió. Ella se sentó frente a él y empezó a contarle algo sobre un nuevo tratamiento facial que quería hacerse. Julián no la miraba, solo tomaba el café. Serio. Renata se detuvo. ¿Te pasa algo? ¿Por qué estás así? Julián dejó la taza sobre el plato con un golpe seco. Ayer hablaste muy feo en la cena.
Renata frunció el ceño. ¿Qué? ¿De qué hablas? Julián levantó la mirada. Mi mamá se sintió incómoda. ¿Y tú crees que eso está bien? Renata se rió por lo bajo. Por lo de los campesinos. Ay, por favor. Ni que hubiera dicho una grosería. Era un comentario común. No lo dije con mala intención.
Bueno, pues no le causó gracia a nadie, ni a ella ni a mí. Clara escuchaba desde la cocina. intentando hacer ruido con los platos para disimular que estaba cerca. Renata se recargó en la silla. A ver, Julián, tu mamá nunca me ha querido. Desde el primer día me mira como si no fuera suficiente para ti. Yo ya estoy acostumbrada. Pero si ahora vas a venir a reclamarme por cada cosa que diga, pues avísame.
No es por costumbre, Renata, es por respeto. Respeto a quién, a Clara. Preguntó en un tono irónico. Julián no respondió de inmediato, solo la miró fijamente. Sí, también aclara. Renata soltó una risa forzada. No me vengas con eso. Ahora resulta que todo gira alrededor de la empleada, porque eso es lo que es Julián, una empleada.
O qué te está haciendo ojitos y yo no me he dado cuenta. Julián se levantó de golpe. No digas estupideces. Solo estoy diciendo que no me gusta cómo la tratas, que no me gusta cómo hablas, que no me gusta cómo estás actuando. Renata también se paró.
¿Y tú crees que a mí me encanta cómo actúa ella? siempre con esa cara de víctima, como si el mundo la maltratara. Es tu casa, Julián, pero a veces parece que la estás dejando a ella tomar el control. Eso es una falta de respeto para mí. Clara ya no podía hacer como que no escuchaba. Se quedó paralizada junto a la estufa con un trapo húmedo en la mano. Sentía que el corazón le latía más fuerte que nunca.
No por miedo, sino por vergüenza, por estar siendo parte de algo que no quería. Julián habló sin levantar la voz, pero con un tono que cortaba. Nadie está tomando control de nada. Yo simplemente estoy abriendo los ojos y me estoy dando cuenta de cosas que no me había dado cuenta antes. Renata se cruzó de brazos.
¿Cómo qué cosas? Como que tú no tratas bien a la gente, como que te sientes por encima de todos. Como que crees que puedes humillar a alguien solo porque tú duermes en mi cama. El golpe fue directo. Renata se quedó sin palabras unos segundos. Su cara cambió. se quedó mirando a Julián con una mezcla de sorpresa y enojo.
¿Me estás hablando en serio? ¿De verdad me estás reclamando esto por una mujer que ni siquiera es parte de nuestra vida? Clara tragó saliva. Tenía que irse. No podía seguir ahí. Caminó despacio hacia la salida de la cocina, pero en ese momento Renata la vio. ¿Y tú qué haces ahí? ¿Qué tanto estás escuchando? Clara se detuvo. Disculpe, solo vine a recoger los platos. No quise interrumpir. Claro que quisiste. Siempre estás ahí, ¿no? Escuchando detrás de las paredes.
Te crees muy lista, muy víctima. Julián se acercó. Ya, Renata, no le hables así. Clara, vete, por favor. Ella asintió de inmediato y salió rápido con la mirada al suelo. Renata estaba furiosa. Ahora la defiendes. Me haces quedar como una loca delante de la sirvienta. Se acabó la discusión, dijo Julián.
Serio, no tengo nada más que decir. Se fue directo a su estudio. Renata se quedó sola en el comedor con el jugo medio lleno y la cara roja de rabia. Apretó los puños, tomó su celular y subió las escaleras sin decir una palabra más. Clara se refugió en el cuarto de servicio, cerró la puerta y apoyó la espalda contra la pared.
No quería llorar, pero las lágrimas le salieron solas. No por lo que Renata le había dicho, eso ya no le dolía tanto. Era por todo, por estar ahí metida en medio de una pareja que se estaba deshaciendo, por no poder salirse de ese mundo aunque no perteneciera. Sacó el celular de su bolso y marcó a su hermana.
¿Puedes cuidar a Emiliano hoy también? Es que no voy a poder salir temprano. Claro, Clara, ¿estás bien? Sí, solo necesito descansar un poco. Colgó sin dar más explicaciones. En el otro extremo de la casa, Julián estaba solo en su oficina, apoyado sobre el escritorio con las manos en la cabeza. Todo se estaba saliendo de control y aunque no quería admitirlo, sabía que algo dentro de él había cambiado. Ya no podía ver a Renata como antes y tampoco podía ver a Clara como la veía antes.
Julián llevaba todo el lunes con la cabeza en otra parte. La discusión con Renata seguía dando vueltas en su mente, pero lo que más lo incomodaba era algo más profundo. No era solo por la forma en que ella le había hablado a Clara, ni por cómo se había puesto tan agresiva enfente de ambos.
Era por esa vocecita interna que se había despertado en él y no lo dejaba en paz. Esa voz que le decía que algo andaba mal desde hacía tiempo, pero que él había preferido no ver. Quizá por comodidad, quizá por costumbre, pero ahora que había abierto los ojos, ya no los podía cerrar. Esa mañana no hubo desayuno en pareja. Renata bajó tarde, sin decirle una sola palabra.
Se preparó un smoothie y salió directo al gimnasio. Ni siquiera saludó a Clara, que ya tenía todo limpio desde las 8. Julián, por su parte, salió a una reunión en la empresa. Antes de irse, se detuvo un segundo junto a la cocina y le habló a Clara. Si necesitas irte más temprano hoy, puedes hacerlo. Clara solo lo miró con sorpresa. Gracias, pero todavía me falta doblar la ropa del closet de arriba.
No te preocupes por eso. Hoy no hay nada urgente. Clara asintió y siguió con lo suyo. Julián salió sin decir más, pero se fue con una idea clavada en la mente. Ya no quería solo sospechar, quería confirmar. A media mañana, Julián recibió una llamada de su mamá. No fue larga, pero sí directa. Teresa le preguntó si ya había hablado con Renata sobre su actitud.
Julián le dijo que sí, que habían tenido una discusión. Teresa guardó silencio unos segundos y luego dijo, “¿Sabes qué? Me preocupa que a veces confundas costumbre con cariño.” Julián no respondió. Colgó con un nudo en la garganta. Después del almuerzo, volvió a casa. Entró con paso lento, como queriendo escuchar cada rincón. Al llegar al pasillo que daba al jardín, escuchó la voz de Renata.
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