“Quiso tirar las cosas de nuestra hija muerta… pero una nota escondida lo cambió todo.”
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Amiga: ¡Tienes que contarle a tu mamá o ir a la policía, esto es demasiado serio!
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Hija: Dijo que me matará si hablo. Le creo, cuando se enfurece da miedo…
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Amiga: Pero no puedes guardarte todo esto…
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Hija: Te lo cuento porque no puedo a nadie más. Si me pasa algo, recuerda: fue él.

Esas frases me quemaban las manos como fuego. Cada mensaje se grababa en mi mente. Los releía una y otra vez, y en mi memoria aparecían imágenes: sus ojos asustados, cómo se cerraba en sí misma en los últimos meses.
Entonces comprendí lo que me había negado a creer: mi hija no se había ido por voluntad propia. Se convirtió en víctima de aquel a quien yo consideraba la persona más cercana.
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