La aplicación mostraba movimiento.
Desde el cementerio…
al centro de la ciudad.
Él no estaba de luto.
Él seguía avanzando.
Recordé algo.
La oficina de Eduardo.
La caja fuerte escondida detrás del cuadro.
Y algo más…
Semanas antes de morir, me había dado la contraseña de su correo electrónico.
Y un número.
Una caja de seguridad.
“Si ocurre algo extraño”, había dicho, “confíen en lo que dejé fuera de la casa”.
En aquel momento, pensé que estaba siendo demasiado precavido.
Ahora ya lo sabía.
Seguí la señal.
Me llevó a una notaría.
A través del cristal, los vi.
Diego.
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