—No —dije—. Mi abogado se encargará de eso, con testigos. No volverás a entrar sola.
—¿Me estás echando?
—No. Abandonaste el matrimonio el día que decidiste traicionarme.
Ya nadie defendía a Ofelia.
Su celebración perfecta, arruinada.
El pastel permanecía intacto. Los globos flotaban en el viento. La fiesta que había imaginado se había convertido en una humillación pública.
Y sin embargo…
No sentí satisfacción.
Solo alivio.
Porque a veces, abrir la puerta para «mantener la paz» solo permite que te destruyan con más facilidad.
Observé una última vez.
Ofelia subiendo al coche sin decir palabra.
Sus hermanas evitándola.
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